Esther original

Delirios en femenino

Esther Pedraza

Andrea, un ángel sin conciencia para objetar

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Nunca he podido imaginar qué decisión tomaría si mi hijo estuviera después de haberse ido. Algo me dice que la esperanza de recuperarle sería más fuerte que el dolor, aunque luego ese dolor se cobrara ferozmente su deuda. Pero si mi parte irracional perdiera la batalla, tal vez mi hijo fuera realmente libre, como quieren los padres de Andrea: libre de ataduras y “sinrazones médicas”. ¿Quién soy yo para impedir una petición tan humana?

Andrea tiene 12 años y lleva toda una vida conviviendo con el dolor. Una enfermedad rara se coló en su cuerpecito y se fue apoderando de todo intento de curación. Ya no admite alimentación artificial y cada minuto es una agonía inútil. Sus padres, amparándose en la ley, piden que la seden y la dejen marchar despacito, sin sufrimiento. Pero los pediatras no atienden sus ruegos y se niegan a dejarla ir.

 

La objeción de conciencia,  que muchos médicos proclaman hinchándose como un pavo real, contrasta a  menudo con la mala praxis, la falta de humanidad o la negligencia de la que luego hacen gala. Hipócrates juró un sacerdocio mucho más amplio que el de mantener una vida física, pero los facultativos suelen olvidarlo.

 

El derecho a morir dignamente debería presuponerse, como el derecho a la vida. Pero uno y otro sirven para levantar banderas y muros, sobre todo muros, que no ayudan al ciudadano. A menudo se olvida que la vida lo es cuando se cumplen unas reglas básicas, y que estar no siempre es ser.

 

Hace años, cuando compartí dos días de mi tiempo yendo del azul de la mirada de Ramón Sampedro al azul del Atlántico, pude ver muchos kilómetros de vida en sus ojos que, no obstante, estaban cansados de vivir tan solos. “Ramón, le dije, no entiendo que te quieras ir cuando hay tanto dentro de ti, tanto que otros, con sus pies y sus manos, nunca podrán sentir ni transmitir”. Aquél hombre enamoraba. Me miró y simplemente me preguntó: “¿Tú querrías vivir así?”. Tuve que reconocerle que no. El me contó que ya lo había leído todo, que lo había sentido todo y que ya no quería seguir aquí; que no entendía porqué el acto de mayor libertad del ser humano que es poder disponer de su vida le era negado. “Yo no pedí vivir. Ahora pido morir, porque mi situación es cruel y no puedo hacerlo solo. Ni siquiera puedo poner fin a mi tormento solo”, se lamentaba.

 

Que alguien pida morir desde ese sereno raciocinio, sin atisbo de drama o desesperación, me produjo una profunda impresión. Siempre había convivido con los suicidios propiciados por la soledad, la depresión, algún tipo de trastorno mental o por el dolor de una pérdida. Pero tomar una decisión de ese tipo desde el convencimiento de que vivir ya no es deseable porque no se entiende así la vida me pareció realmente una acto de libertad sumo.

 

Ramón lo preparó todo para irse, tal y como me lo contó: “Me ayudarán mujeres, porque las mujeres comprendéis mejor el sufrimiento”. Cuando ocurrió levanté mi copa al cielo y brindé por él.

 

Este verano en Galicia se aprobó por unanimidad una ley de derechos para enfermos terminales sin eutanasia, que tampoco le hubiera servido a Ramón, pero que abría una brecha en el muro de los facultativos.

 

Estela, la madre de Andrea, quiere que la vida de su hija pase por esa brecha que ha abierto la ley, pero ha topado contra el muro de la objeción de conciencia de un equipo médico que sólo atiende a su propia ley. Una madre que ha peleado por su niña con uñas y dientes, que sabe del sufrimiento de su pequeño cuerpo ya derrotado, que sigue unida a ella por un cordón más fuerte que el umbilical,  se niega a que la ciencia tenga más fuerza que la naturaleza, por mucha conciencia con que lo adornen.

 

No puedo imaginar lo que les ha costado a Estela y Antonio tomar esta decisión, pero si se que ver sufrir a un hijo sin posibilidad de recuperación es peor que despedirse de él. Ellos acostumbraron a ver como Andrea convivía con el dolor y lucharon para vencerlo, pero ya no quieren mas pactos, ya saben que todo se ha acabado y piden que dejen a su niña volar en paz, sin sufrimiento.

 

Los pediatras del Hospital Clínico de Santiago deben creer que hay más amor en el dolor que en la marcha. Objetan, porque pueden, porque dicen que tienen conciencia. Andrea no puede objetar. Su conciencia duerme entre lágrimas en el fondo de un tormento.

 

Como decía Henry-Louis Mencken, hay veces que la conciencia es una voz interior que nos advierte de que alguien puede estar mirando, y ese alguien, doctores, no es otra que la dulce Andrea.

Comentarios

josephten1958 03/10/2015 13:31 #4
Que se sepa, ninguno de los médicos que están interviniendo se ha declarado objetor; sencillamente, aducen que no hay ensañamiento terapéutico, sino la aplicación de medidas proporcionadas de soporte vial: alimentación e hidratación. Aunque sea un caso difícil, no se apartan de sus normas deontológicas.
Marisa 02/10/2015 16:11 #3
Es dificil tomar esta decision por tu hijo. Con esa edad deben escuchar su peticion. Pero en mi caso lo tengo claro, no quiero que nadie me alarge el sufrimiento, cuando se tiene claro que no hay solucion y el fin esta cerca. Igual que mi familia sabe que soy donante de sangre y de órganos, tambien saben que no quiero que me alarguen mi "vida" de manera artificial. Otra tema es que la ley no lo permita
Marisa 02/10/2015 16:11 #2
Es dificil tomar esta decision por tu hijo. Con esa edad deben escuchar su peticion. Pero en mi caso lo tengo claro, no quiero que nadie me alarge el sufrimiento, cuando se tiene claro que no hay solucion y el fin esta cerca. Igual que mi familia sabe que soy donante de sangre y de órganos, tambien saben que no quiero que me alarguen mi "vida" de manera artificial. Otra tema es que la ley no lo permita
Candela 02/10/2015 14:37 #1
Difícil, muy difícil. Ver sufrir a un hijo duele hasta el alma, pero pedir su muerte debe doler hasta la médula. Lo mejor es pensar siempre en lo que querríamos para nosotros, y yo no quisiera vivir así, con tanto sufrimiento. Yo querría que alguien tuviera un poco de compasión y me dejara marchar tranquila. En eso es en lo que hay que pensar.

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