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De por aquí en esto

Patricia Melero

Si vas a la mar

El mar, para todos los mesetarios, ha sido desde tiempo atrás ese ese elemento deseado y temido. En cualquier pequeño pueblo castellano, haber conocido el mar en algún momento de la vida te dotaba de una aureola de persona de mundo.

Poco más de 200 kilómetros nos separan de la costa, pero llegar al mar ha sido durante décadas una hazaña inpensable para muchos de nuestros antepasados. En cualquier pequeño pueblo de la meseta, un vecino que se preciara de haber conocido el mar, podía pasear con la aureola de hombre de mundo. Al hacer el respaso de la vida de muchos de nuestros abuelos, el hecho de que hubieran llegado a la costa en algún momento de su existencia se convertía en un hito digno de señalar en su biografía.

 

Para las mujeres, que encontraban menos oportunidades aún para viajar -ni tan siquiera para salir de su pueblo- la imagen legendaria del océano era aún más lejana. 

 

Luego llegó la televisión, y las suecas en bikini trastornaron un poco el imaginario colectivo. Y todo el mundo quiso acercarse a la playa entre el deseo y el temor. Y es que como decía la copla:

 

"Si vas a la mar, 
no metas el pie.
Porque si lo metes,
te picará el pez..."

 

Valga como advertencia sobre lo desconocido, o mejor, sobre lo conocido y deseado y, por tanto, poco recomendable...

 

Hoy en día, esos 200 kilómetros que nos separan de la costa se convierten en una romería dominical durante todo el verano. Las playas de San Vicente, Suances o El Sardinero se transforman en una prolongación arenosa de la Calle Mayor y todos paseamos por la orilla con mayor o menor naturalidad.

 

El Tren Playero es el que mantiene el espíritu más añejo del viaje al mar, largo, torutoso y hasta épico... pero una vez en la arena, todo se olvida. Plantamos la sombrilla y a disfrutar de la jornada.

 

La distancia no, pero el desconocimiento nos sigue delantando y así nos encontramos cada domingo estival bañándonos con escasoso 15º y lluvia, o caminado por la arena como si fueramos pasadores de San Pedro Manrique o regresando a casa de color rosa fucsia, casi fluorescente, por el sol a granel.

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