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De por aquí en esto

Patricia Melero

Se abre la veda

Castilla se convirtió definitivamente en tierra de galgos y escopetas de la mano de Miguel Delibes. Aquel Diario de un cazador que muchos leímos en la escuela, nos familiarizó con una práctica ancestral, hasta convertirla en parte de nuestro patrimonio emicional.

Recien estrenado el otoño, tras las primeras lluvias y con el anticipo del frío entrando en escena, comienza el tiempo de caza. Se abrió la media veda en agosto y es ésta, conocida como la general -de caza menor-, la que esperan con más entusiasmo los cazadores.

 

La Tierra de Campos, los páramos, el monte o El Cerrato son conocidas zonas cinegéticas, pero Castilla se convirtió definitivamente en tierra de galgos y escopetas de la mano de Miguel Delibes. Aquel Diario de un cazador que muchos leímos en la escuela, nos familiarizó con una práctica ancestral, hasta convertirla en parte de nuestro patrimonio emocional.

 

Dicen los cazadores veteranos que la cosa ha cambiado mucho, que los avances en la agricultura y las nuevas formas de explotación agrícola han perjudicado la actividad cinegética por aquí en eso y que ya no se espera con la misma ilusión esa primera madrugada de otoño, con la escopeta reluciente y el perro expectante, porque cada vez hay menos caza y es más difícil darle alcance.

 

Se ve que como la felicidad, va por zonas. La Federación Regional de Caza habla de un buen año, de abundantes perdices -que han criado mucho y bien- con la población de liebre normalizada después de los envenenamientos tras la plaga de topillos y con los altibajos propios de la población de conejo.

 

En otros cotos ha habido que repoblar hace unas semanas, ante la escasez de piezas, y este año las perdices resultan flacas y timoratas, porque no han tenido tiempo de habituarse a su nueva vida en libertad.

 

La agricultura intensiva, la ausencia de barbechos, ciertos pesticidas, la concentración parcelaria... son los males que se repiten estos días como un mantra en las tertulias de los cazadores de siempre, que conocieron el campo tal y como Delibes nos lo enseñó a los de la ciudad y ahora lamentan que el peaje que haya pagado el campo por estos cambios sea el de perder su biodiersidad, sus ciclos y algunas actividades asociadas a él.

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