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De por aquí en esto

Patricia Melero

'Ea, que eres como una perla'

El Bautizo del Niño ha ido mezclando lo religioso y lo costumbrista hasta convertirse en la entrañable celebración que conocemos hoy y que evoca la historia lejana de la ciudad, pero también el recuerdo de los bautizos de hace unas décadas. 

Hasta donde alcanza la memoria de los cofrades más veteranos, nunca la imagen del Niño había tenido que quedarse en la iglesia de San Miguel, sin poder salir en procesión, el día de su Bautizo. La lluvia obligó a celebrar el rito bajo techo, pero no impidió que cientos de feligreses volvieran a renovar la tradición a los sones del Ea, el villancico más genuinamente palentino.

 

El Bautizo del Niño se encuentra en pleno proceso para ser declarada Fiesta de Interés Turístico Nacional, una calificación beneficiosa para la promoción turística y cultural de la ciudad, pero también un adjetivo de aquellos que nos enseñaron a clasificar como epítetos, porque de esa fiesta todos los palentinos damos testimonio de su originalidad y su interés.

 

Igual que el villancico -que también se interpreta en otras localidades de la región- la fiesta del Bautizo del Niño conoce celebraciones similares en Amupida, en Cuéllar -con otra multitudinaria procesión al Niño de la Bola- o en Aldea del Pinar (Burgos) -en torno a la festividad del Dulce Nombre de Jesús-. De todas ellas, el carisma del bautizo palentino, la convierten en original y castiza.

 

El uno de enero se celebra la Circunsición del Señor. Los cristianos de la Edad Media decidieron cambiar el rito judío por el cristiano bautismo, para evitar la herejía, y los conversos de algunas ciudades, por librarse de sospechas, adoptaron esa fiesta como propia. Como una forma de exaltación de su nueva fe. La Cofradía del Dulce Nombre de Jesús de Palencia nace en el barrio de la judería, asociada a esa comunidad de judíos conversos y los primeros datos de la hermandad corresponden a 1564.

 

La fiesta fue mezclando lo religioso y lo costumbrista hasta convertirse en la entrañable celebración que conocemos hoy y que evoca la historia lejana de la ciudad, pero también el recuerdo de los bautizos de hace unas décadas. Tras el rezo, los votos bautismales y la cada vez más multitudinaria procesión, se sigue celebrando la pedrea de caramelos y confites (con la llegada del euro desaparecieron las pesetas de esta ofrenda) que concita a cientos de palentinos y cada vez más visitantes que desafían al frío y a las celebraciones familiares para conocer una de las fiestas más queridas de por aquí en esto.

 

 

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