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De por aquí en esto

Patricia Melero

De vendimia

Se mantiene algo de romántico y ancestral en las vendimias domésticas, que reunen a familia y amigos en torno a la promesa de un futuro vino que será el resto del año el mejor catalizador de afectos y encuentros.

Somos de tierra de cereales y también de vino, pero mientras el pan ha sido la bendición diaria de estos lares, el vino pasa por ser el milagro que se produce de año en año. Tiene sus plazos.

 

En estos días arranca la vendimia, la de primera división en la que juegan las Denominaciones de Origen y los Vinos de Calidad, y también la de los centenares de majuelos que trufan las estepas cerealísticas, las dehesas y que han conquistado, incluso, unos palmos de tierra a las sierras. 

 

Trabajo de duro y familiar, de unas jornadas de doblar el espinazo con mano hábil para cortar racimos. Días de diversión para los chiquillos que corren entre las uvas y de preocupación para los que ven en el primer mosto la esperanza del suministro de licor para el resto del año.

 

Después del verano, los días de la vendimia eran la primera excusa para volver al pueblo de aquellos que habían tenido que retornar a la ciudad por trabajo o estudios. El veranillo de San Miguel había terminado de madurar el fruto y aún con las fatigas del trabajo duro, era tiempo de disfrutar de los últimos rayos de sol, y de la compañía de la familia y amigos y de los lagarejos y las bromas entre las cepas y el dolor de manos y espalda compartido.

 

Muchos trabajos del campo han conseguido mecanizarse, pero se mantiene algo de romántico y ancestral en las vendimias domésticas, que reunen a familia y amigos en torno a la promesa de un futuro vino que será el resto del año el mejor catalizador de afectos y encuentros.

 

El vino y su milagro regaron tierras de pan y lo siguen haciendo. La riqueza en los lagares que se bebe a sorbos entre amigos y la otra, la que se exporta y se vende como patrimonio y se promociona y ayuda a los pueblos a entrar en el juego del turismo. El vino gusta como el arte y las bodegas se han convertido en una suerte de modernas catedrales por las que peregrina una nueva raza de viajero que se impregnará a tragos del espíritu de la tierra.

 

 

 

 

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