Silueta alfredo original

Curiosidades y Anécdotas de la Historia

Alfredo Rodríguez Blázquez

Todos preñados menos la Reina

Amalia de Sajonia fue la elegida para desposarse con el rey Fernando VII. La boda por poderes se celebró el 28 de agosto de 1819. La joven, de dieciséis años, se había criado en un convento, y en cuanto a su aspecto físico, la nueva esposa ganaba mucho en comparación con su antecesora Isabel de Braganza. Era bonita, de tez muy blanca y ojos azules. A Fernando le impresionó muy positivamente. Pero el desastre matrimonial no tardó en llegar, cuando los ardores físicos del marido, y el tamaño de su falo, hicieron horrorizarse a una joven mojigata, que en algún momento llegó a afirmar que para quedar embarazada no era necesario mantener relaciones con su marido.

 

A cada intento por parte del hombre de poseerla ella respondía con incontinencia urinaria, no se sabe si por padecer esa enfermedad o por miedo. Hubo que pedir intermediación al Papa, y así pasó un tiempo hasta que la provechosa intervención de Roma, hizo que Amalia fuese entrando en vereda y por fin accedió a mantener relaciones. A pesar de consumarse el matrimonio, los hijos no llegaban, y para que de una vez quedase embarazada, se rezaban en Palacio novenas, triduos y oraciones de toda clase durante gran parte del día.

 

También se recurrió a médicos, a curanderos, y sobre todo, a tomar aguas y baños de diferentes balnearios, de los que se afirmaba que potenciaban las posibilidades de quedarse preñada. A tanto llegaba la necesidad de conseguir un heredero, que el rey y la reina hacían a veces grandes esfuerzos, como fue cuando acudieron, según se cuenta, bajo los extremos rigores del verano conquense a los manantiales de Solán de Cabras, cuyas aguas tenían gran fama entre las mujeres poco fértiles.

 

En medio de aquellos calores, tragando polvo en cantidad, comiendo verdaderas bazofias y durmiendo en lugares inhabitables, el rey aún habría tenido bastante humor para comentar a algún cortesano que les acompañaba: “!De este viaje salimos todos preñados menos la reina”!

 

Seguro ya de que la reina no le daría descendencia, la complicidad entre ellos fue en aumento. Por lo visto, aquella beata y pudibunda mujer se entregaba a alguna suerte de juego morboso donde se mezclaba religión y sexo, como cuando él aparentaba sorprenderla durante sus rezos para forzarla a realizar aquellos actos que tanto la habían horrorizado al principio. Ahora se prestaba a ellos entre fingidos forcejeos de negativa, que sin duda añadían más sal y pimienta al convencional coito matrimonial. Amalia murió a los veinticinco años en 1829.

 

(Texto del libro los pícaros borbones de Carlos Fisas)

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