Silueta alfredo original

Curiosidades y Anécdotas de la Historia

Alfredo Rodríguez Blázquez

SER ESPOSA Y MADRE EN LA EDAD MEDIA

A finales de la Edad Media, la esposa es la depositaria de numerosas funciones: a ella le corresponde honrar a los suegros, amar al marido y gobernar la familia, pero su deber principal es asegurar la llegada al mundo de la prole. Según los cánones del pensamiento cristiano medieval, la procreación es una necesidad que depende de la unión en el matrimonio. La mujer tiene el deber de ser prolífica. Así se perfila un modelo de pensamiento, según el cual los hijos constituyen el bien principal del matrimonio, y hasta el siglo XIII la esterilidad –siempre asociada a la mujer- era motivo de anulación matrimonial. Incluso después de dicho siglo –cuando los clérigos no veían en la esterilidad causa suficiente de anulación- continúa existiendo una fuerte presión social para que el esposo repudie a la mujer que no es capaz de darle descendencia. Las mujeres lo consideraban un castigo divino, una pena que solo podía superarse con la penitencia, el ayuno y los rezos dirigidos a la Virgen de la Concepción o del Parto. Había otros muchas santas que se creía influían en la fecundidad: las más acreditadas eran Santa Ana y Santa Margarita.  Para que se pudieran quedar preñadas existía también la creencia de que invocando a las fuerzas de la Naturaleza, sobre todo al agua podían quedarse fácilmente preñadas. Así, se bañaban en aguas térmicas, bebían agua de fuentes - a las que se rendía homenaje con pequeñas ofrendas- y  se alimentaban con productos que se creían que tenían propiedades que ayudaban ser fecundadas: frutos como el higo o la granada, legumbres como las habas o los garbanzos…  eran alimentos que se consumían con ansia. Y sobre todo estaban las hierbas, tanto las que servían como infusiones como las que servían para preparar baños. Todo encaminado a la fecundidad de la madre.

 


    En esta sociedad antigua, la vida de una mujer casada transcurría entre el embarazo, la crianza y la sepultura de los hijos muertos prematuramente. El parto que llegaba a buen puerto tenía una connotación festiva. La noticia se difundía rápidamente entre las mujeres del pueblo o del barrio, que se acercaban presurosas a visitar a la madre y al niño, formulando sus felicitaciones. La recién parida se adornaba tanto ella como la habitación donde había dado a luz en espera de las visitas. La visita estaba unida al ofrecimiento de regalos, a menudo relacionados con la fecundidad, como hogazas, dulces o huevos.

 


    Hasta la ceremonia de la purificación –un mes justo desde el parto- la mujer era considerada impura, y tenía como única misión el cuidado de su dormitorio. Tenía prohibido ocuparse de la cocina o de los hijos, con excepción del recién nacido. La ceremonia de la purificación  la liberaba de la suciedad del parto y la devolvía al seno de la comunidad. Con la primera salida después del parto, la mujer se exhibe ante sus conciudadanos. Era el reencuentro con su comunidad y para ello no dudaban en vestir sus mejores galas.

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