Silueta alfredo original

Curiosidades y Anécdotas de la Historia

Alfredo Rodríguez Blázquez

PEPA, LA INFANTA SOLTERA

Felipe V de España, hoy tan de moda por el problema catalán, el mismo que cambió las antiguas leyes sucesorias –que admitían a las princesas acceder al trono- por las importadas de Francia (una ley borbónica que excluía a las mujeres del trono, la llamada ley Sálica, aunque en realidad podría llamársela semisálica, porque en caso de que no quedase varón en ninguna de las líneas dinásticas, admitía que las mujeres fuesen coronadas), murió sin conocer nieto varón. Falleció angustiado porque ninguno de sus hijos tenía descendencia varonil. Como sus dos hijos mayores, Luis y Fernando, no tuvieron hijos, la sucesión de la corona acabó en manos de Carlos, su tercer hijo varón. Carlos casó con María Amalia de Sajonia y empezaron a tener una hija tras otra. Solo nacían niñas, hasta siete, antes de que naciera el futuro rey Carlos IV. De las siete hijas que tuvo, solo dos llegaron a la edad adulta, María Josefa Carmela y María Luisa, y es de la primera de la que va esta historia

 

María Josefa –llamada Pepa en la intimidad- no tuvo ninguna virtud, o al menos eso se cuenta en algunos textos. No tenía inteligencia, ni belleza, ni ambición, ni simpatía, y por no tener, no tenía ni siquiera maldad. Según escribió, muchos años después, el padre Coloma, miembro de la Real Academia Española, “su ridícula figura, pequeña, fea y contrahecha, había hecho imposible casarla con un hombre que le igualase en rango. Escudada en su fealdad, la infanta Pepa vivió y murió soltera”.

 

Carlos III, ya en el trono de España, tuvo la valentía de intentar casarla con Luis XV, que no quiso saber nada de esta componenda. Después pensó en unirla con su propio hermano, el infante don Luis, a la sazón tío de Pepa. El aceptó a regañadientes, pero María Josefa mudó de opinión a última hora, temerosa de que una muy comentada enfermedad venérea que había padecido don Luis pudiera acabar inoculándosela. Y tan escrupulosa como era, se negó en redondo a compartir el tálamo con un crápula.

 

Hasta su muerte en 1801, vivió siempre en el palacio real con su hermano, el rey Carlos IV. Goya la incluyó en su famoso retrato de la familia del monarca. Es el personaje que asoma su cara de bruja, por detrás del hombro de su sobrino, el futuro Fernando VII. Goya la retrató aún más afeada, si cabe, de lo que era en realidad y difuminó su maltrecha figura con las sombras del lienzo. 

 

Su soltería agrió su carácter. Tanto es así, que su cuñada la reina María Luisa, la de los amoríos con Godoy, escribía a éste una carta donde decía que “la tía Pepa no es suave, ni temporizadora, sino un agraz”.

 

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