Silueta alfredo original

Curiosidades y Anécdotas de la Historia

Alfredo Rodríguez Blázquez

LA GENEROSIDAD DE ISABEL II

Cuenta más de un biógrafo de la reina Isabel II, además de Balansó y otros historiadores, que una de las características más apreciables de su personalidad era la generosidad. Todos los historiadores y libros que sobre ella hablan, destacan este rasgo de su personalidad. Tal era su generosidad y afición a otorgar dádivas o estipendios, que llegó un momento que aquello se convirtió en un despilfarro.

 

Doña Isabel no tenía una idea exacta del valor del dinero y eso hacía que se prodigase en el hábito de expender grandes sumas a todos cuantos se acercaban a ella o se lo solicitaban. A causa de las sangrías que preparaba en la tesorería real, ésta siempre andaba apurada de duros.

 

Y es que la reina no dudaba nunca en ordenar que se donase a monjas, religiosos, damas desvalidas, nobles de alta y baja alcurnia que pasaban trances económicos, pintores, músicos… todas las cantidades que le pedían.

 

El administrador de Palacio, que cada vez más se las veía y deseaba para pagar tales estipendios, empezó a dudar de la reina, más que de ella, de la incapacidad de la misma para valorar realmente el dinero. Empezó a creer que no sabía realmente lo que donaba, que no tenía una medida exacta de lo que eran las cantidades que mandaba donar o regalar.

 

Por eso, cierto día, el administrador, se propuso averiguar si lo que sospechaba -que no sabía valorar el dinero- era cierto o no. Y para ello empezó por advertir a la reina que la cantidad que había dispuesto se pagara a un noble capitalino, era de una cuantía excesiva. La reina apenas le hizo caso alguno, por lo que decidió apilar sobre una mesa, formando columnas de duros isabelinos, la suma en cuestión, cuya vista, arrancó de doña Isabel esta exclamación:

 

    -Pero ¿Qué barbaridad de dinero es esa que has puesto encima de la mesa?

 

    -Señora –contestó el administrador- el que vuestra majestad me ha ordenado dar a fulanito de tal.

 

Y esa fue, para el administrador, la prueba palpable de que su majestad la reina Isabel no tenía ni idea del valor del dinero. Lo que se cuenta de cómo acabó la prueba, es que doña Isabel hizo retirar unas cuantas columnas de duros de la mesa y el resto dárselo a quién se lo había pedido. Pero ni eso, cuentan, fue suficiente para acabar con la generosidad de la reina, que siguió dando estipendios a todos cuántos se lo pedían, muchos de los cuales fueron luego quienes más fuerza hicieron para echarla del trono.

 

En fin, que les voy a contar que ustedes no sepan sobre lo fácil que es ser generoso con el dinero de los demás, solidario con el dinero público. Pero esto no es más que una anécdota más de la historia. 

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