Silueta alfredo original

Curiosidades y Anécdotas de la Historia

Alfredo Rodríguez Blázquez

LA CIRCUNCISIÓN EN LA TRIBU DE MANDELA

Cuenta el propio Mandela en su autobiografía, El largo camino de la libertad, que cuando tenía dieciséis años, el regente decidió que había llegado la hora de que se convirtiera en un hombre. En la tradición xhosa esto sólo se logra de un modo: mediante la circuncisión. Y en las costumbres de su pueblo un hombre no circuncidado no puede casarse, no puede ser padre ni oficiar en los rituales de la tribu.


 Era una ceremonia donde los jóvenes viajaban, al comienzo del año nuevo, hasta unas chozas de paja que estaban cerca del río, a pocos kilómetros de las tribus. Las chozas eran un lugar de aislamiento donde poder vivir apartados de la sociedad. Aquel período de tiempo era sagrado para preparar la transición de la adolescencia a la madurez. La noche antes de la circuncisión se celebraba una ceremonia con cantos y bailes donde iban mujeres de las aldeas próximas. Al alba, cuando las estrellas estaban aún en el cielo, empezaban los preparativos. Los jóvenes iban escoltados hasta el río para bañarse en sus frías aguas, un ritual que representaba la purificación. Puestos en fila, en un claro donde se habían reunidos padres, parientes, jefes y consejeros de las diferentes aldeas, los jóvenes, ataviados con una túnica, escuchaban el batir de los tambores, señal de que estaba a punto de empezar el ceremonial. Se sentaban en una estera sobre el suelo, con las piernas abiertas y extendidas hacia delante. Moverse o gritar eran signos de debilidad que estigmatizaba la virilidad de los adolescentes. Al no emplearse analgésico alguno había que sufrir en silencio.


    El encargado de circuncidar era un anciano experto que utilizaba su azagaya con maestría, y de un solo golpe transformaba  en hombres a los jóvenes adolescentes. Ante la mirada, entre el miedo y el anhelo, de los jóvenes, el anciano cogía el prepucio del joven, tiraba hacia delante de él, y a continuación, con un rápido movimiento, bajaba la azagaya y cortaba limpiamente. El dolor era tan intenso que todos los jóvenes se llevaban la barbilla hasta el pecho para aguantarlo, hasta que en un grito de dolor gritaban: !Ya soy un hombre!


    El ayudante que seguía al anciano maestro recogía el prepucio del suelo y lo ataba a una esquina de la estera. Acto seguido curaban las heridas con una planta cicatrizante, cuyas hojas, espinosas en la parte exterior, pero suaves en la interior, absorbían la sangre y otras secreciones. Al llegar la noche, el asistente entraba de madrugada en la choza, despertaba  a los jóvenes y les hacía  correr a través de la oscuridad para recoger sus prepucios y enterrarlos. En la tradición xhosa esto se justificaba para que los magos no los pudieran recoger con fines perversos, y sobre todo para que los jóvenes se desprendieran totalmente del último resto de su infancia.


    En la ceremonia se les daba un nombre de circunciso, que en la tradición Xhosa es más aceptable que cualquiera de los que le hayan dado al nacer. Los jóvenes, sin excepción, se sentían orgullosos de su nuevo nombre.

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