Silueta alfredo original

Curiosidades y Anécdotas de la Historia

Alfredo Rodríguez Blázquez

ISABEL II DE BORBON Y EL “INFELIZ” REY CONSORTE

El matrimonio acordado para casar a la Reina niña, Isabel II, con su primo Francisco de Asís, ya vino mal dado desde antes de celebrarse la ceremonia de la boda, y es que hasta la propia Reina gritaba ante cualquiera que la quisiese oír: ¡con Paquita no… con Paquita no!, pero su rechazo no consiguió evitar un matrimonio condenado de antemano. Tanto es así que la propia Reina, muchos años después, comentaría a un confidente: “¿qué pensarías de un hombre que, en la noche de bodas, tenía sobre su cuerpo más puntillas que yo?”. El pueblo de Madrid, siempre dado a la chanza y a la copla, apoyó siempre a la Reina frente a un hombre que parecía más femenino que cualquier chulapa madrileña y que tuvo como objetivo lucrarse económicamente, chantajeando a todos cuantos creyera necesario para sacar tajada de su situación. Los madrileños, desde un primer momento, no tuvieron miramiento alguno hacia el consorte, como veremos en las siguientes líneas.

 

El día de la boda entre Isabel II y su primo Francisco de Asís, el Ayuntamiento de Madrid instaló, para celebrar los esponsales reales, una doble fuente, de la que manaban vino y leche. La chunga popular no tardó en sacar una copla a cuenta de tan “particular” novio:

 

El vino para las majas,

la leche para el de Asís

 

Las figuras masculinas que pasaron por los aposentos reales de la reina, la sacaban de su nostalgia y aliviaban sus nunca menguadas necesidades. A la reina la ponían delante a los potenciales amantes para saciar sus pertinaces deseos. Los personajes con peso en la Corte eran los que decidían quién podía cumplir con aquel papel de amante por un tiempo. El elegido se hacía con un cargo, una fortuna, y en algunos casos, con hasta condecoraciones.

 

Algunos de estos amantes acabaron enamorando perdidamente a la reina que, imprudente y necesitada, no dejaba de escribir cartas de amor que en algún momento fueron capturadas por personal de Palacio, y que acabaron misteriosamente en manos de D. Francisco de Asís, el rey consorte, que aprovechaba la situación para chantajear a la propia Reina y así sacar tajada económica, pero la guasa popular le perseguía de forma inmisericorde:

 

Doña Isabelona, tan frescachona

y Don Francisquito, tan mariquito”

 

Así que lejos de enojar al rey, estas cartas le descubrieron una nueva fuente de ingresos a través del chantaje, siendo su mujer, la reina, la primera víctima, pero de nuevo el pueblo, al tanto siempre de cualquier situación que se daba en Palacio, volvía de nuevo a cargar contra el personaje:

 

Vuestra noble faz empaña

el nublo del deshonor,

desfaced pronto esa niebla,

cortaos los cuernos, Señor;

que el mundo entero os señala,

la Europa os llama cabrón,

y cabrón repite el eco

en todo el pueblo español”

 

Tras la algarada revolucionaria de 1848, protagonizada por el general Serrano, el general “bonito” para la reina, de la que fue amante tiempo atrás; un joven capitán, aristócrata, se alzó como el más destacado defensor de la legalidad; José María Ruiz de Arana. Tras la escaramuza, el joven capitán hizo una espectacular presentación en la puerta principal del Palacio Real. La reina le vio alto, arrogante, con heridas, sangrando… y una vez más quiso saciar su insaciable apetito sexual sin perder un momento con el apuesto aristócrata que la rendía honores; lo que logró al instante haciéndole llevar a sus habitaciones privadas. El nuevo compañero sentimental de la reina, fue discreto, al contrario que todos los demás, y no se distinguió por utilizar su situación para beneficiar a terceros. Ella le nombró directamente gentilhombre de cámara, con lo cual él tenía acceso directo a su persona y a sus estancias privadas. Cuando, en 1851, la Reina dio a luz a la infanta Isabel, el pueblo comenzó a llamarla la Araneja, por aquello de parangonarla a la desdichada Juana, la hija de Enrique IV de Castilla, llamada la Beltraneja por suponerla hija del valido Beltrán de la Cueva.

 

De todos los amantes de la Reina, fue el general Serrano, quién más rechazo sufrió por parte del consorte, ya que aquel parecía muy interesado en los dineros de la Reina, y por ahí no pasaba el “infeliz” esposo. Para que la Reina renunciara a su general bonito, como ella lo llamaba, no tuvo reparos en presionar al mismo Vaticano, comentando incluso algo que llamó la atención: “es un pequeño Godoy que no ha sabido conducirse, porque éste, para obtener la privanza de mi abuela, enamoró primero a Carlos IV”.

 

Fuese cierta o no la homosexualidad del Rey, cuyo aspecto reafirmaba la creencia de que lo era, la leyenda de su muy reducido tamaño de pene corría como la pólvora por los mentideros madrileños y poco tardó el pueblo en sacarle una nueva chanza:

 

Paquito natillas,

que es de pasta flora,

orina de cuclillas,

como una señora

 

A ésta copla la seguían nuevas referencias “poéticas” como la que sigue:

 

El de Asís,

en el quicio de la puerta,

sacando la minga muerta,

lloriquea y hace pis

 

Mientras tanto, Isabel no dejaba de parir. Hasta una docena de partos, siete de ellos dieron con niños muertos antes de cumplir los dos años, tuvo la Reina. A cada parto, el de Asís se largaba a El Pardo, haciéndose el ofendido y amenazando con no ir a la ceremonia del nacimiento, ceremonia que debía presidir como padre de la criatura. Pero su amenaza se acababa tras una compensación económica sustanciosa, y acababa presentándose a la ceremonia como padre del recién nacido. Los sucesivos embarazos de la Reina hicieron que algún “poeta” anónimo del pueblo, dejara preparado un epitafio para poner el mismo, en su momento, sobre la tumba del Rey Consorte:

 

                                    Un marido complaciente

yace en esta tumba fría,

del cual afirma la gente

que nunca estuvo al corriente

De los hijos que tenía.

 

Como dijo un alto cardenal vaticano de Isabel, “e puttana ma pía”, “puta pero devota”

 

 

Comentarios

Javi 05/11/2014 18:11 #1
Cuanto les ha gustado el sexo a estos Borbones ...

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