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Érase una vez... ¡DIENTES, DIENTES!

En el Reino de España, existía un opaco agujero negro llamado 14Z que, a pesar de la mirada del Gran Hermano tributario, controlador de más de 40 millones de contribuyentes (entre personas físicas y jurídicas), campaba a sus anchas envidiado y vitoreado por millones de incautos números carentes de importantes y numerosos ceros a la izquierda en sus documentos y, a la derecha, en sus presupuestos.

 

14Z conoció al hombre de las manos largas, excelente jugador del balón con las manos. Se enamoraron, se casaron, comieron perdices y vivieron de vicio. Pronto, el matrimonio en gananciales pasó a ser conocido como la pareja Kent-Barbie.

 

El patrimonio del matrimonio se incrementó con rapidez. Llegaron hijos y pisos por doquier, disfrutando su cénit el día en que conquistaron por 5,8 millones de euros más IVA, reformas aparte, su palacete de ensueño. Una inversión que, años después, no pudieron justificar, comenzando su declive hacia el ocaso. Ocurrió en los tiempos convulsos del reino, donde la carestía se abría paso a medida que el descerebrado cinturón del ajuste, guiado por Monseñor Toro, mentiroso e implacable, al que todos conocían como “el Montgomery Burns español”, apretaba, agujero a agujero, el otrora feliz estado del bienestar.

El implacable Montgomery Burns español pecó al conceder al famoso y privilegiado matrimonio Kent-Barbie un más que posible trato de favor. La duda más que razonable de semejante e intolerable actuación nació y creció con rapidez, como consecuencia de unas explicaciones excluyentes entre sí y utópicas desde el punto de vista del inspector implacable que siempre pareció ser el sistema informático tributario que existía en el reino de los ciegos, donde el tuerto era el rey. El hecho de que el ojo del Gran Hermano tributario inquisitorial pudiera hacer la vista gorda provocó que la ciega mayoría comenzara a abrir los ojos ante la gran duda de si se trataba de un error o todo respondía a un intolerable comportamiento deliberado.

 

¿Hacienda somos todos?, se preguntaban los nuevos videntes. Parece que no, pues se obvian los indicios de incumplimiento fiscal cuando estos indicios se encuentran en números de identificación fiscal plagados de ceros a la izquierda; privilegiados ellos.

 

Esta ceremonia de la confusión permitió pensar directamente en cambiar el nombre del reino por el del descubridor del nuevo mundo, siglos antes. Era el hombre del huevo, que compartía nomenclatura con una de las más famosas marcas de detergente, era la mejor marca para transmitir la imagen que el reino trasladaba al exterior: si blanqueamos sin pudor, ¿cómo no vamos a lavar dinero negro? “¿Podemos?. Sí, ¡podemos!”.

 

Y es que, en el país donde residían el mayor número de aforados del mundo, los elefantes campaban a sus anchas. Buena culpa de ello la tenía su famoso exterminador, desde que pasó del orgullo y la satisfacción, a las disculpas con gesto compungido. Todo un reflejo de lo ocurrido en su reino: de la apoteosis a la crisis. El cementerio de elefantes se cerró y el cuento se acabó.

 

Álvaro Aparicio Mourelo

 

Concejal del Grupo Municipal de UPyD en el Ayuntamiento de Ávila

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