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Ciudadano Descatalogado

Honorio Cardoso
El blog en Tribuna de Salamanca de Honorio Cardoso

¿Se puede equivocar el Espíritu Santo?

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De las intervenciones que se recogen en la Biblia sobre el Espíritu Santo los estudiosos señalan cuatro ámbitos de actuación preferente: dar luz, sostener la fe, dispensar fuerza frente a las embestidas del mal y capacitar para el servicio...

En el Antiguo Testamento, estos auxilios eran concedidos, de manera temporal y selectiva, a determinadas personas: David o Sansón, ciertos Jueces, Bezaleel o a unos cuantos más, con el objetivo de que sus actuaciones redundaran en beneficio del pueblo elegido. El salto cualitativo se vino a producir en el Nuevo Testamento: los dones se extenderían sobre el conjunto de los creyentes. Aunque existen circunstancias en que la gracia sigue reforzando a ciertos elegidos: los Apóstoles, para apuntalar su misión evangelizadora, o los miembros del Cónclave que se convoca para designar al Papa de turno, por materializarlo en algunas imágenes.

 

Existen ejemplos que podrían avalar que, en ocasiones, el Espíritu Santo no ha debido estar fino en la tarea de iluminar. Por citar uno, a mediados de los noventa era frecuente hablar sobre un encuentro al que, al parecer, convocó a Felipe González, Tony Blair y a Juan Pablo II para que le planteasen las preguntas que agobiaban su extenuante tarea de gobernantes. Para abreviar, y con el fin de no enrollarme, parece ser que al final del cenáculo el Pontífice le preguntó al Espíritu Santo sobre una preocupación que le tenía sin dormir: ¿cuándo volvería a haber un Papa polaco? Cuentan que tras meditar –y digo yo que como apunte de autocrítica- la respuesta del Espíritu Santo fue contundente: si de mí depende, nunca. Yo creo que no pasa de ser una leyenda urbana, y, por tanto, no deberían establecerse conclusiones precipitadas, aunque tampoco ocultar que Juan Pablo II estableció (1996) una reforma del reglamento electoral en la que bastaría la mayoría de dos tercios para futuras elecciones papales. Los aguafiestas descreídos e insidiosos dan un paso más concretando que dicha reforma fue establecida  para facilitar que un nuevo polaco accediese a la Cátedra de San Pedro.

 

Si lo anterior, insisto, puede considerarse mera leyenda urbana, recientemente hemos podido asistir a un hecho, público y conocido, que suscita más incertidumbre en su interpretación. El pasado 24 de mayo, la candidata a la Alcaldía y presidenta del PP de Madrid, Esperanza Aguirre, se despachó diciendo, a las puertas del colegio electoral, que dada la trascendencia de los comicios, “hoy, que es domingo de Pentecostés, espero que el Espíritu Santo inspire a los madrileños para que voten lo mejor para Madrid”. Visto lo visto, no atisbo a comprender cuál sería la conclusión más adecuada: ¿quizás no iluminó adecuadamente a la parroquia popular?, ¿acaso la inquebrantable fe de los seguidores aguirristas se está volviendo insensible a los esfuerzos del Espíritu Santo?, peor todavía ¿puede ser que éste miembro de la divinidad no considerase a los contrincantes de Aguirre como fuerzas del mal? y, el colmo, ¿deberíamos sospechar que, aquí y ahora, el Paráclito ya no considera a la lideresa apta para el servicio? Espero que no sean válidas todas a la vez, pues si fuese así entonces sí que sería la repera, como le gusta decir a Rajoy. Y no he hecho mención al corolario que puso Rita, pero mi mamá, más educada que ella, diría ¡niño no seas grosero! Y porque mi Libro de Estilo me aconseja que nadie se molestase por cosas que yo no digo. En fin, doctores tiene la Iglesia para dilucidar el asunto.

 

Los lectores críticos dirán que todo lo hasta aquí escrito es meramente anecdótico y poco consistente para interrogarse sobre la capacidad de acierto del Espíritu Santo. Efectivamente, así que he de confesar que la interrogación ha surgido de la respuesta que he observado en la prensa madrileña  como consecuencia de la gira del Papa Francisco a Cuba. Ante el mismo, las expectativas estaban disparadas, los tertulianos imaginando la inevitable conversación entre Bergoglio y la disidencia cubana; venteaban eufóricos la divina oportunidad para volver a convertir el Caribe en vital asunto de la política interna española; a la rancia izquierda española le iba a caer la del pulpo cuando contemplase como le leía la cartilla a los hermanos Castro. Después, lo que el Santo Padre ha dicho con rotundidad es que “los poderes deben servir a las personas y no a las ideologías”.

 

Me ha dejado patidifuso leer y escuchar la mercadería con la que nos han bombardeado los eximios y sesudos todólogos que alegran (es un decir) nuestra cotidianeidad. Los más suaves han tartamudeado su asombro; algunos, más atrevidos, se han confesado aturdidos; una parte significativa, se ha manifestado claramente confundida y decepcionada. En suma, frustración: la emocionante y fulgente epifanía que se había imaginado, se desmoronaba; los jugosos réditos que debería proporcionar en la ya lanzada campaña de las elecciones generales, se desvanecían. Con el dolor añadido de haber sido consumado por un Papa que habla español.

 

Así que cuando escuché tronar, desquiciado, al prestigioso Paco Maruhenda: “¡Pero qué esperabais, si siempre ha sido un peronista!”, turulato me quedé y vacilante me formulé la pregunta que encabeza esta columna. Como se imaginan, sólo puedo decir “no sé”. Habrá que estar atento a éste Francisco para concluir si el Espíritu Santo se ha equivocado. Puede resultar que, como con Juan XXIII, sea que no. Veremos. 

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