Morante original

Caminos que recordar

José Luis Morante

Sanchorreja. Castro de los Castillejos

 
Está tan acreditada la calidad del patrimonio medieval abulense que el aporte de otras etapas históricas, como la edad antigua, parece un asunto menor, el cameo de un personaje secundario. Por eso, para despejar los hilos de olvido, me gusta visitar El Almacén, en la Plaza de Italia, junto al museo provincial, muy cerca de los entrañables recuerdos de mis años colegiales en el Diocesano.

Allí descubro de nuevo la calidad del patrimonio abulense prerromano, del que existen abundantes publicaciones impulsadas por la institución Gran Duque de Alba, con lugares muy conocidos, como Las Cogotas o el castro de El Raso. Hoy quiero acercarme a un sitio prerromano, mucho menos popular entre los amantes de la arqueología: el castro de Castillejos, en Sanchorreja.

Aprovecho la sosegada climatología, tras las lluvias de octubre, para acercarme a Sanchorreja. El pequeño pueblo sólo dista veintiún kilómetros de la capital. Pronto abandono la carretera de Salamanca, para abordar el pueblo por la ondulante AV_110, una vía provincial que marca de inmediato el punto de llegada, un paisaje serrano mesetario de vegetación continental, a más de mil trescientos metros de altitud.

Doy un paseo por las calles desiertas, como si las paredes y piedras durmiesen, resignadas al inevitable exilio de sus habitantes que ha dejado el censo actual en menos de un centenar de vecinos.

Desde allí me acerco hasta la finca del poblado. Dudo al escoger la senda de entrada. Así que multiplico pasos por las pequeñas lomas hasta que localizo las primeras excavaciones. Los restos desenterrados se componen de una tosca cerca defensiva y de mampostería de viviendas. Todo fue documentado, tras las calas iniciales, desde el año 1981, así que ahora sabemos que fue un asentamiento de la Edad del Hierro y que sus pobladores practicaban una rudimentaria agricultura y actividades ganaderas y cinegéticas.

Los restos arqueológicos han sufrido una incansable erosión en el discurrir de los siglos y es casi necesario intuir la presencia de la vida en la zona y modificar el paisaje con la imaginación. Es una operación intuitiva, que todos realizamos en nuestros pasos cotidianos, por puro instinto de supervivencia, cuando la realidad nos muestra su lado más expresionista, ese que deja el tiempo lleno de agobio y pesimismo.

Antes de regresar, fotografío los collados y vaguadas que delimitan el cerro. Un aire frío resalta el azul celeste y la machadiana desnudez de la zona. Escribo unas líneas en el cuaderno con lenta caligrafía. Suena el móvil, una disonancia estridente que me empuja al regreso.

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