Morante original

Caminos que recordar

José Luis Morante

Ojos Albos. El Mejor Nombre

 

Hace unos años, ya no recuerdo cuántos, se celebró en la localidad salmantina de Béjar un encuentro cultural, coordinado por el poeta y editor Luis Felipe Comendador. Al mismo fuimos invitados el escritor Ángel González y yo. Los dos, en compañía de Susana Rivera, hicimos juntos el itinerario en mi coche y nos pasamos buena parte del trayecto admirando la sugerente denominación de muchos lugares abulenses. Cada nombre propio de una localidad daba origen a una especulación, como si los dos inventáramos nuevas entradas al imprescindible diccionario de Pascual Madoz.

Ojos Albos 1

El nombre que más nos gustó fue Ojos Albos. Figuraba en un pequeño cartel, en la carretera Nacional 110, desde Villacastín, a menos de quince kilómetros de Ávila. Desde allí nada se vislumbraba de la localidad salvo los cerros de la Sierra de Ojos Albos, una formación montañosa de laderas suaves del Sistema Central que la modernidad ha convertido en parque eólico, desde 1999, aprovechando su altitud y su apertura a corrientes de aires desaforadas y continuas que en invierno dejan el  rostro aterido.

Aquel día no detuve el coche en el pequeño municipio, pero busqué información complementaria sobre él para acercarme cualquier fin de semana y recorrer por senderos rurales los valles regados por el río Voltoya, humilde afluente del Eresma, y por el mínimo cauce del arroyo Valdelaguilla. No era el único atractivo de un municipio que mantiene una leve vida en invierno, dedicada a la agricultura y a la ganadería, y multiplica su población en los meses estivales, como si fuera el deseado refugio de los que buscan calma, naturaleza y cordialidad vecinal.

Ojos Albos 2

Hoy me adentro en el pueblo y dejo el coche junto a la iglesia, cuya fachada en piedra, es una muestra lograda de cómo el elemento humano aprovecha los recursos naturales. Me gustaría visitar el yacimiento de pintura rupestre de la Peña Mingovela, datado en el último tramo del neolítico o en los albores de la edad de los metales y me apetece también pasear por las proximidades de los aerogeneradores para conocer de primera mano su impacto ambiental. Así que tengo una larga jornada por delante. La luz es limpia y un leve viento deja en sosiego las aspas de  los nuevos molinos. Camino en soledad, no se ve a Don Quijote. Ni siquiera a Sancho. 

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