Morante original

Caminos que recordar

José Luis Morante

Hoyos de Miguel Muñoz

 
Sé que la belleza de muchos lugares naturales queda a trasmano, inadvertida y frágil, perdida en los recodos de algún camino vecinal o en un hilo de asfalto que enlaza curvas y desniveles. Esa es la sensación que siento al acercarme a Hoyos de Miguel Muñoz (Hoyuelos), la pequeña localidad próxima a la Sierra de Gredos que apenas conserva una población de cincuenta habitantes.

Antes de callejear por el pueblo, detenemos el coche en una meseta que culmina la pendiente que enlaza con Navadijos. Está llena de piornos que, una vez más, conforma la mayor parte de la vegetación arbustiva. Desde allí el horizonte visual se extiende hasta la Cueva del Maragato, en las cercanías del Puerto del Pico, y en dirección contraria hasta el Puerto de Menga. Casi todas las laderas de los montes próximos se han ido sometiendo, tras el cercado del término municipal y el abandono de tierras de labor, a un continuo proceso de repoblación forestal, siendo el pino el único árbol capaz de soportar el clima de altura de la zona. El resto es monte bajo formado por juncales y piornos, salvo en los prados y pastizales en los que todavía se asienta una abundante cabaña ganadera.

Ya en la localidad, nos detenemos en la pequeña plaza donde un grupo de niños juegan al futbol. Nos miran curiosos y pronto se disponen a proporcionar respuesta a cada una de nuestras preguntas. Casi todos estudian en los colegios de la capital abulense y se desplazan hasta Hoyos de Miguel Muñoz el fin de semana. Mientras escucho sus palabras, junto al local social y a su zona anexa de columpios, tras pasear por la calle Talanquera y la Ermita, no dejo de recordar que el municipio fue el primer destino que tuve como maestro de primaria, aunque nunca llegué a ejercer por el servicio militar obligatorio en los montes de Córdoba. Aún así, viajé para conocer las instalaciones escolares y para conversar con algunos de sus vecinos.

Los años han trasformado la fisonomía de los pueblos serranos. Apenas hay niños y los edificios educativos se han convertido en dependencias municipales que suelen habilitarse como campamentos de verano. Sólo unas pocas fachadas guardan su fidelidad a la arquitectura tradicional, con sus portones, corrales y sus tejados en pendiente. Lo demás forma parte del patrimonio fugaz de los recuerdos.

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