Morante original

Caminos que recordar

José Luis Morante

El Retablo Mayor de Lanzahíta

 
La aproximación escrita más completa sobre la historia, las zonas naturales más próximas y el cauce de tradiciones de Lanzahíta se encuentra en el libro Lanzahíta, editado en 2004, con el apoyo de la corporación local, por la Sociedad de Estudios del Valle del Tiétar. La obra, amena y divulgativa, cuenta con un prólogo del catedrático de Derecho Eduardo García de Enterría, miembro de la Real Academia, y coordina los trabajos de tres estudiosos: J. M. González Muñoz, J. A. Chavarría y J. A. López Sáez. Recuerdo con alegría la presentación del volumen en el salón de Caballero de Gracia, la sede del Hogar de Ávila en Madrid, a un centenar de metros de una de las arterias más concurridas de la ciudad: Gran Vía. Hubo una gran respuesta de público porque son muchos los interesados en recuperar la memoria colectiva de las poblaciones donde nacieron o donde han vivido durante generaciones sus familias.

Las páginas de aquel libro me llevaron a programar un viaje a Lanzahíta para comprobar sobre el terrero la exactitud y el rigor de los distintos aspectos investigados. Opto por realizar el trayecto por la autovía, en dirección a Talavera de la reina, en vez de ahorrar kilómetros por la carretera de los pantanos, que tiene un trazado más sinuoso. Soy consciente de que dejo para otra ocasión la singular orografía del Valle del Tiétar, ese costado de Gredos, plagado de méritos naturales y de localidades en las que hacer un alto en el camino, que antes o después estarán en esta sección. Llego muy temprano, cuando la mañana comienza a tantear sus primeros pasos.

He señalado los lugares de interés para culminar mi estancia con el tapeo de mediodía en cualquier establecimiento hostelero y espero hallar en la carta del almuerzo la tortilla de tarallos, un espárrago silvestre que se recoge en los ribazos en primavera o algunos productos de la tradicional matanza.

En mis apuntes he anotado los monumentos de interés y las fechas claves de las costumbres locales, como la romería anual al Cristo de la Luz, que es una especie de seña de identidad que convoca a todos los habitantes de Lanzahíta, vivan en el pueblo o se encuentren por razones laborales en otros ámbitos. Es la más concurrida cita turística. Pero comienzo la visita tomando el pulso a la localidad por las calles más alejadas del centro urbano, cuyo trazado semeja una prolongación natural del paisaje con una generosa cubierta vegetal.

La iglesia de San Juan Bautista culmina el tesoro artístico y sobresale sobre la arquitectura ruralista, concentrando todas las miradas. El templo se abre al exterior con una puerta franca, con arcos de medio punto, reforzada por dos contrafuertes irregulares. El interior es armonioso y amplio y sintetiza elementos de la iconografía medieval y renacentista. El elemento más característico es el retablo en el que alternan la madera tallada y las pinturas, con excelentes imágenes exentas.

Cuando salgo del templo, las calles cercanas tienen una excelente animación. Son muchos los niños y adultos que van y vienen por las alrededores. Saludo a un grupo próximo. Me queda investigar otro de los dones de Lanzahíta: la riqueza de su folklore popular.

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