Morante original

Caminos que recordar

José Luis Morante

El Rastro. Pasos perdidos

 
Cada lugar tiene su itinerario perfecto, una ruta que sosiega el reloj y fortalece el ánimo como si fuera un tónico recomendable que ayudara a despejar los sentidos y a encontrar más sitio entre la vida comunitaria. La ruta que prefiero de la ciudad de Ávila es el paseo por El Rastro. Para repetir su recorrido elijo con frecuencia el camino más largo. Comienzo por la cuesta de Santo Tomás, observo la cabecera de San Pedro, me siento en alguna zona del Mercado Grande o voy y vengo por los soportales hasta la librería, para ojear en los escaparates las últimas novedades literarias y, cuando la tarde languidece, me acerco hasta la Puerta del Alcázar, contemplo el monumento teresiano y sumo pasos perdidos en El Rastro.

Como un Jano moldeado por la historia urbana, el Paseo del Rastro tiene dos caras: el lienzo de la muralla y la estampa de modernidad de los barrios meridionales que, de forma natural, se une con la llanada del Valle Amblés. Al amparo de la muralla se pueden contemplar escenas familiares que reflejan el hilo de los días: matrimonios jóvenes, con sonrisa de hipoteca pendiente, piso nuevo y agobios laborales, empujando el carrito del bebé, solitarios con la cara tapada por el periódico desplegado, con los pesimistas titulares de la actualidad económica, y abuelos al sol, pronunciando recuerdos con la nostalgia de la melancolía.

El trecho de la muralla aglutina algunas siluetas de edificios muy reconocibles como el Obispado, que a mí siempre me lleva a los días del Colegio Diocesano, o la entrada por el Rastro, con balconada corrida, como si fuera un palco dispuesto a una representación escénica. Cuando comienza el declive cambia el tono de la muralla para presentar al viajero los lugares teresianos y el centro de la mística, antes de asomarse al cauce del Adaja, tras franquear la puerta de la Mala Dicha, umbral del antiguo barrio judío y sitio de leyendas que recuerda el ajusticiamiento de los setenta caballeros abulenses ordenado por Alfonso I de Aragón.

Si, por el contrario, el paseo se hace junto a la balaustrada, hay dos o tres espadañas de conventos e iglesias que alegran la tarde con cigüeñas al sol y se ve el pálpito de la ciudad que se ha ido extendiendo, como una riada de ladrillo y cemento, hasta el perímetro de la plaza de toros o el manchón verde de El Soto.

Cada ciudad invita a pasear y a dejar que la tarde se convierta en una sucesión de miradas que guardará nuestra memoria. El Paseo del Rastro es la medida justa de mis pasos perdidos.

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