Morante original

Caminos que recordar

José Luis Morante

El Bohodón. Imágenes de Infancia

 

Los más lejanos recuerdos de mi memoria consciente se remontan a El Bohodón, el municipio de la Moraña abulense, cuyo censo hoy apenas sobrepasa los ciento cincuenta habitantes. Allí nací y en su hospitalario entorno discurrieron todos los años de mi infancia, hasta que los estudios de bachillerato me llevaron interno a las aulas del Colegio Diocesano, en la Plaza de Italia, en pleno centro, a escasa distancia del Mercado Grande.

Entonces El Bohodón era una localidad agrícola, dedicada al cultivo de cereales, con algunas huertas familiares y una ganadería lanar que daba cuenta de juncales, ribazos y rastrojeras. En aquellos años, el tiempo discurría más lento y más uniforme, sin los cambios acelerados de la sociedad digital, y los días laborables no diferían de los que se vivían en las localidades más próximas con las que compartía un existir austero y laborioso.

Siempre que leo los libros de Miguel Delibes los recuerdos se disparan como si aquella España de la posguerra que habita en las páginas del escritor vallisoletano no fuera un resto arqueológico y todavía pudiésemos contemplar las distintas labores del verano en las eras, o los días de caza, con el páramo nevado, o la matanza que reunía a toda la familia, o los interminables pasos de los rebaños hacia la laguna. La libertad de itinerarios de los más pequeños era total, tras salir de la escuela podían acercarse a la laguna, explorar los cercanos arenales o distraerse por pajares o casas viejas, que siempre inspiraban un difuso temor.

Hoy el pueblo presenta un aspecto remozado y moderno, con los tejados rojos recién restaurados y con nuevos edificios que ayudan a poner el pueblo en la modernidad. Pero hay algunas cosas que siguen preservando su fisonomía original. Sin duda, la edificación que más resalta es la iglesia, un alto campanario todavía convoca a los vecinos y la solidez del edificio, de una sola planta rectangular, con cubierta a dos aguas y ábside cuadrado. Recuerdo la distribución interior en torno al altar y a un hermoso retablo y la posterior, con tribuna, donde los hombres ocupaban los bancos traseros.

Desde la iglesia nacía mi calle hasta los caños, el sitio más recurrente, de los niños, donde estaba el pilón y la laguna. El manso discurrir del agua alimentaba de forma natural una charca, encerrada por un diminuto muro almenado y se prolongaba en otra balsa de agua, siempre llena de peces y ranas. Ahora los juncos y las espadañas han colonizado casi todo el humedal y apenas queda sitio para el agua. El entorno de la laguna ha sido acondicionado como zona de ocio y algunos columpios y arbolados invitan al descanso y a mirar el pueblo que es un espejo de quietud y sosiego.

Las calles próximas están vacías y sólo se ven algunos niños en el frontón, donde resuena la pelota golpeada contra el muro. Sonrío, entre aquellos niños estoy yo en otro tiempo.

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