Morante original

Caminos que recordar

José Luis Morante

Candeleda, aires del sur

 
Uno de los mensajes publicitarios más difundidos del turismo interior define a Candeleda como “la Andalucía de Ávila”. Así que es conveniente aceptar el tópico e imaginar a una de las perlas del valle del Tiétar como un lugar de clima mediterráneo, de invierno sosegado, primavera lluviosa y verano de sombrilla. Son cualidades que se comprueban de inmediato. Candeleda es así. Sólo una circunstancia geográfica demoraba la frecuencia de los viajes: se ubica en el extremo sur del mapa provincial y la carretera que partía desde la capital tenía que salvar las rampas naturales de Puerto de Menga y Puerto de El Pico y el sinuoso curvear entre pinares desde Arenas de San Pedro a Poyales del Hoyo. Por fortuna, la ruta ha mejorado mucho con los nuevos trazados y es casi un placer acercarse a Candeleda con el descanso de fin de semana y comprobar que el municipio no ha cambiado mucho con el paso del tiempo. Sigue siendo un vergel.

La Plaza del Castillo, con el monumento a la Cabra montés mantiene su condición de punto cero de la localidad, desde allí el visitante puede adentrase en las callejas más próximas, hacia el ayuntamiento, la casa de las flores o hacia la iglesia parroquial. Son calles estrechas, con viviendas de fachadas singulares en las que el elemento principal es el alero vigoroso y el balcón de madera adornado con floridas macetas. Del laberinto callejero, La Corredera se impone como calle preferida y la más admirada por naturales y forasteros. No sobra nunca acercarse hasta el sólido edificio en piedra de la iglesia parroquial que aunque data del siglo XV ha incorporado a su arquitectura elementos góticos tardíos y algunos renacentistas.

En su conjunto, el núcleo más antiguo de la arquitectura de Candeleda recrea un aire de parentesco con la comarca cacereña de La Vera, con la que también comparte su pasión por el folklore y los elementos más habituales de la casa rural.

Si el paseo interior resulta gratificante, el entorno próximo facilita un contacto directo con la naturaleza. En dirección a Poyales del Hoyo, la carretera, jalonada de palmeras, emite ese aire del sur, desde que nos alejamos del grupo escolar; si, por el contrario, preferimos la dirección hacia Madrigal, nos encontraremos con el puente viejo y con las cristalinas aguas de la garganta, un paisaje que deja a Gredos como fondo natural de un término municipal que multiplica huertos y zonas de pasto para la abundante ganadería de la localidad.

Vuelvo hasta la Plaza del Castillo y desde allí dejo que mis sentidos tomen el pulso al ritmo vivencial de la localidad. Miro el transitar de su gente hacia los quehaceres habituales y el confortable sosiego de los ociosos de fin de semana. A lo lejos, la silueta del Almanzor encoge los hombros.

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