Morante original

Caminos que recordar

José Luis Morante

Ávila con nieve

Recubierta de nieve, Ávila es otra. No digo si es mejor o peor, si sus monumentos recuperan su solidez o si tiritan de frío; digo que el vuelo blanco de los copos propicia un paisaje sensorial único
Recubierta de nieve, Ávila es otra. No digo si es mejor o peor, si sus monumentos recuperan su solidez o si tiritan de frío; digo que el vuelo blanco de los copos propicia un paisaje sensorial único. Esta semana ha nevado en Ávila; lo indispensable para que cuajase sobre el verdor de los jardines, inclinase de frío las ramas de los árboles y disfrazara de cal las azoteas y los voladizos.

Y así encontré la ciudad mientras cumplía el rito de cada curso lectivo con la gente menuda de mi instituto. Cuando el programa educativo apunta a la ciudad medieval yo elijo una visita didáctica a Ávila, porque ninguna otra ciudad de la meseta tiene un itinerario más rebosante de apuntes a pie de página.

Los alumnos llegan con la ilusión tenaz del explorador que afronta un territorio desconocido, pertrechados de móviles, auriculares y cámaras digitales y los profesores que han preparado la visita, Maite, Fermín y Paulino, vienen con sus recelos de actividad imprevisible y con la añoranza de que hubo un tiempo en que educar era una tarea prestigiosa y llena de vida. Pero los tiempos cambian. Lo que no cambia nunca y eso alegra el corazón a un paisano transterrado como yo es la hospitalidad de la ciudad y de sus habitantes.

Excelente el trabajo de Inmaculada García, en el Centro de Recepción de Visitantes, con su hermosa sonrisa siempre a punto y con la paciencia justa para poner un video, atender las dudas de los alumnos y las solicitudes de los profesores. Correcta la amable permisividad del Almacén, en la antigua iglesia de Santo Tomé el Viejo, que cierra los ojos cuando se dispara el flash y que apenas regaña cuando alguien amaga con escalar a los niveles superiores del patrimonio acumulado. Y también excelente el pequeño museo de los vettones, que deja una ajustada imagen de la civilización de los castros, en el Torreón de los Guzmanes; allí Mª Fe León nos cedió la sala central para evitar el frío, permitió el grupo más amplio y nos regaló los folletos informativos que servirán después para las actividades lectivas.

Reitero mi gratitud y la del profesorado que me acompañó por la profesionalidad del trabajo; vinimos encantados. Decía que había nieve en la calle y una temperatura gélida que convertía las yemas de Santa Teresa en hielos para el gin-tonic, así que concluida la senda por el cerco amurallado, lleno el Rastro de rostros juveniles, correspondía ahora dejar un tiempo libre para jugar con la nieve, para que volvieran a modelarse esos diminutos muñecos que siempre tienen una nariz grande como Pinocho y una vida pequeña, como todas las cosas que de verdad importan y dan continuidad al optimismo. Por eso es tan importante que de vez en cuando nieve en Ávila. Por la sonrisa en flor.

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