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Blog Miguel Refoyo

Tribuna de Salamanca

Impagable ofrenda a las películas que no volverán

€˜Super 8€™, la tercera película de J.J. Abrams, responde a una motivación y sublimación sentimental que sigue los edictos fílmicos y de entretenimiento del cine Amblin de Steven Spielberg.

J.J. Abrams es consciente la dificultad que entraña un tributo sentimental que venera a un director en concreto como Steven Spielberg, pero también a una estirpe de producciones con un sello distintivo al que recurre con total sutileza. En €˜Super 8€™ traza una historia que acude a aquellos entornos suburbiales, urbanos y familiares perdidos de los años 80, donde las bicicletas se inmiscuían con los coches en sus tranquilas carreteras. La infancia marca la pauta y el trasfondo iniciático donde los traumas deben ser superados, el amor asumido con valentía ante la adversidad y la amistad reforzada con el conocimiento de compartir las trabas con sensatez y lógica por mucho que se imponga el enamoramiento de la misma chica. Y entretanto, el impacto de un suceso extraordinario que aviva la emoción y la incertidumbre dentro de la rutina gris de sus protagonistas. €˜Super 8€™ se adentra así en un €˜mcguffin€™ de soldados del ejército y una extraña presencia invisible y peligrosa fundamentada en la rúbrica identificativa de aquel cine de Spielberg, el mismo que abordaba la superación y aceptación de una pérdida, la renuncia de afectaciones emocionales y la búsqueda de un nuevo camino con la elección de unos valores que reivindican la grandeza de la vida y la aventura.

Abrams esgrime en todo momento la inocencia como cristal traslúcido a la hora de entender la emoción y el cine que, en este caso, tal vez esté más enfocado a una generación concreta, la de los 70 y principios de los 80, que a las posteriores o la infancia de hoy, que engulle producciones saturadas de efectos especiales, €˜remakes€™ y adaptaciones de cómics. Despojada de infantilismo, pero con una entidad privilegiada a la hora de convulsionar dentro de sus parámetros de dedicatoria, €˜Super 8€™ se transforma en un producto de sinceridad que rememora un estilo perdido, una esencia retrospectiva formulada en una forma de crear espectáculo que, si bien no puede dejar de evidenciar su condición actual sí introduce en su atributo de reminiscencias una serie de implicaciones y postulados fílmicos, argumentales y visuales de una época. Un filme que recupera el espíritu de un tiempo perdido, con lugares comunes en los que hemos vivido, con los defectos y virtudes que esconde esa mirada infantil que traiciona las órdenes guionísticas establecidas para imponer un grado de libertad máximo hacia una historia sin condicionantes que se escuda en la candidez de cada plano, en su actitud global para focalizar esa narrativa hacia entornos conocidos que nos entrega una realidad manifiesta en el sentido del filme: el de aquéllas películas que nunca volverán. Y lo hace sin evitar la fantasmagoría de su reducto televisivo tan influenciado por €˜Lost€™ y su constante tendencia a ocultar y velar el monstruo extraterrestre para utilizarlo como excusa engañosa y metafórica dentro de un argumento que plantea otro tipo de conflictos más allá del cine fantástico.

Pese a ser un filme mejor esbozado que resuelto y sin llegar a ser una obra maestra que ha dividido al público al que va dirigida (básicamente porque las expectativas son demasiado altas por parte del espectador), €˜Super 8€™ se puede considerar como una obra diferente, sin complejos cuando se trata de reconocer su fanatismo visual, sin ardides a la hora de exponerse como metodismo anclado en nuestro pasado colectivo, como forma de ver y sentir el cine. Una obra que se postula como la representación imposible de lo que será una mítica película veraniega que, por si fuera poco, se sitúa muy por encima de cualquier película estrenada en este 2011.

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