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Blog Miguel Refoyo

Tribuna de Salamanca

Coches de saldo que no están a la altura

John Lasseter abandera esta continuación bajo unos conceptos exclusivamente mercantiles y se olvida del espíritu de Pixar.

Desde €˜Toy Story€™ y durante once películas, la productora de John Lasseter ha concentrado en sus epopeyas un talento desmedido a la hora de transportar al espectador a ese estado de magia perdido en la animación, avivando la imaginación hasta cotas de fantasía pocas veces experimentadas dentro del género.

Pues bien, han elegido una onomástica tan importante como la consecución de su cuarto de siglo para evidenciar, primera vez que en su historia, los signos de un agotamiento que no parecía tener cabida dentro de sus siempre sorprendentes proyectos. Sin que sirva de precedente, en Pixar ha imperado la comercialización, el negocio, el hecho de obtener un cuantioso lucro que evitara poner a prueba su autoridad, sin riesgo, acomodados en un factor de venta de un producto ya dubitativo que tanta rentabilidad les ha dado (€˜Cars€™ es uno de los productos estrella de la marca).

El progreso de la fábrica de sueños pierde verticalidad con una película en la que existen dos grandes diferencias respecto a su precedente; la primera y más importante, es que cambian las latitudes geográficas de la historia. Lo que antes era un entrañable vistazo a las diferencias tecnologías dentro del mundo de la automoción entre la América Profunda, representada en la mítica Ruta 66 del pequeño pueblo Radiator Springs, ahora se pondera a una esfera internacionalizada y cosmopolita, con Japón, Tokio y Londres como escenarios donde abordar el espectáculo y el rimbombante ruido de motores y carreras.

Segundo, Rayo McQueen, el fenómeno más rutilante del comercio de juguetes de Pixar e imagen del éxito de la animación más allá de sus méritos cinematográficos permanece en €˜Cars 2€™ en un segundo plano, siendo esa oxidada grúa remolcadora llamada Tom Mate el que asuma el rol protagónico de esta secuela venida a menos.

€˜Cars 2€™ es una traducción taquillera de secuela continuista que se embala cuesta abajo, formulando los errores de su predecesora dentro de un guión de alucinante esquematismo, que llega a traicionar de tal manera el espíritu de Pixar que queda como la película más floja y con menos carisma de todas las piezas de arte que ha dejado para la posteridad.

En vez de centrarse en un subfondo que puede considerarse como el mejor acierto de este ruidoso artefacto como es la diatriba entre la gasolina tradicional y el combustible ecológico, que acaba con una defensa férrea y descarada a la prolongación de la extracción de crudo y el enriquecimiento de las petrolíferas ante alternativas en ciernes que se podría ver como un ataque soterrado a Rusia y Arabia Saudí dentro de su plan de liberación global, Lasseter propugna un esperado discurso moralista y dulcificado sobre la amistad, sobre la importancia que tienen los golpes y las heridas en forma de abolladuras que hacen que seamos quienes somos.

A estas alturas, nadie va a escatimar en elogios a la prosopopeya digitalizada y visual de una cinta de factura intachable. Técnicamente, €˜Cars 2€™ bien puede ser la más acabada de las películas de animación digital de la historia. Pero ya no es suficiente. La factoría de sueños desciende a la habitual muestra de un cine de animación volcado muchas veces en los adelantos técnicos por encima de sus guiones. Tanto es así que lo mejor de la película es ese corto titulado €˜Vacaciones en Hawai€™, que trae a la memoria su última obra maestra €˜Toy Story 3€™. €˜Cars 2€™ es todo lo contrario.

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