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LAUDA AL DR. GIL-HURLÉ

Hay profesores que a lo largo de los estudios universitarios nos marcan e influyen para bien, en el propio itinerario profesional a lo largo de los años. Maestros capaces de aunar independencia, profesionalidad y entrega personal son escasos. Y excepcionales son  aquellos que mantienen esa frescura con el paso del tiempo. Tal es la condición de D. Alfonso Gil-Hurlé que hoy, día 26, cuelga la bata.

Los que pertenecemos a la última hornada de farmacéuticos de los setenta, no olvidamos la facultad de ciencias, por entonces “sede scientiarum”, al convivir en hermanamiento interdisciplinar, alumnos de farmacia con alumnos de biología, química, geología, física, matemáticas, hasta que dispusimos de edificio propio. Una facultad con vistas al Tormes donde menudeaba el sorprendente Ecballium ellaterium. En esa casa conocimos la botánica del Prof. Casaseca, la bioquímica del prof. Cabezas con sus exámenes de jornada completa, la físico–química del prof. Herráez, con sus interminables derivadas, la química orgánica de los profs. San Feliciano y Grande, interesantes y plagada de espectros, la química analítica del prof. Ambrosio, sucesión endiablada de reactivos y colores, la micro del prof. Villanueva, ciencia en estado puro en cuyos dominios (laboratorios) no se ponía el sol… y allá a lo lejos, un puñado de alumnos de quinto referían de forma reiterada la existencia de una materia, entre exótica y misteriosa, pero nada fácil: “la galénica”.

 

Y un acontecimiento. En plena transición, aterrizó en las aulas desde su exilio de México, el Dr Giral. Los omnipresentes anillos de Kekulé cambiaban de tonalidad con sus explicaciones y nuestra mirada le acompañaba atónita en su habilidad para la disección química de los medicamentos esenciales a la vez que revelaba su intrahistoria. Sus clases magistrales lograban siempre un doble objetivo: obtener en la pizarra en pausada síntesis la molécula que más activa y menos tóxica se imponía en los anaqueles de la Farmacia y marcar con el sello indeleble de la química-farmacéutica el alma del alumno. Entre tanto ingenio, cómo olvidar la diferencia molecular entre hombre y mujer, ese metilo en posición 10 del anillo gonano que tantas cosas explica.

 

Y al final, entre “farmas” y bromatologías llegaron, inexorables, las Galénicas de D. Alfonso. Exámenes escritos y exámenes orales, uno a uno, todos pasamos por el filtro de su autoridad, ante quien mostramos con más o menos apuro, la sapiencia asimilada: biodisponibilidades, ladmes, regímenes y fórmulas de perfusión, monitorización de medicamentos…todo había que tenerlo seguro. La dura y apasionante Farmacia Galénica se encuentra en el origen de la vocación clínica de muchos. Y más allá del aula, luego, en la vida, el prof. Gil-Hurlé ha sido apoyo seguro para cuantos nos acercamos por la Facultad o el Hospital con proyectos profesionales.

 

Reparemos ahora en un documento fundacional de nuestra Universidad (s. XIII), por el que se proveen las primeras cátedras y, junto a ellas, una plaza  de estacionario y otra de boticario. Creo que es de justicia hoy, en el día san Cosme y san Damián, fiesta de médicos y farmacéuticos, conectar la figura de aquel boticario medieval servidor del Estudio, con su muy digno sucesor, el primer catedrático de la Facultad de Farmacia de Salamanca, el profesor Gil-Hurlé: alma, aliento y espíritu para la profesión.

 

Pablo Pascual Villoria

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