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Blog César Brito González

Tribuna de Salamanca

Un inmigrante cualquiera

Unas vacaciones deben servir para desconectar, para relajarse en la playa y ver cosas y personas nuevas, para llenar la memoria de imágenes y de sensaciones y para poder contarlo luego, a la vuelta, intentando dar un puntito de envidia. Cuando eres originario de las Islas Canarias, con mayor munición de motivos en el arsenal. Imagino que eso es lo que piensan la mayor parte de ustedes, si les digo que les escribo desde mi tierra de origen. Pues todo eso es cierto, pero al mismo tiempo también se equivocan.

Es cierto que volver a la isla que me vio nacer, después de más de cuatro años, es casi un regalo del cielo. Es una oportunidad para visitar a familiares y amigos, degustar un par de manjares que en Castilla son impensables €“ bendito pescado €“ y para regresar con el acento cantarín y meloso colgando del labio y el alma. Con un poco de suerte, a lo mejor hasta me da tiempo de ponerme moreno. No está nada mal recuperar las sensaciones y liturgias de un viaje largo en avión, un medio de transporte que tenía casi olvidado y que para un canario es tan común como para un salmantino el autobús €“ aquí llamado €œguagua€, por cierto €“.

Nada más llegar te contagias del €œtempo€ local, considerablemente más lento que el tenido por normal en la Península, un biorritmo que un madrileño situaría próximo a la muerte clínica, de hecho, pero que resulta saludable, si se adopta por un tiempo relativamente corto. Al madrileño o peninsular angustiado €“ en este caso un €œgodo€, apelativo a medias entre el insulto velado y el desprecio palmario €“ no le espera otra cosa que la mirada cínica de indiferencia, mientras el camarero, tendero o lugareño €œtipo€ sigue a lo suyo, dejando que el €œgodo€ en cuestión se coma las uñas hasta los muñones. Es nuestra particular modalidad del meh-tah-ehtresaaaaaando de la TV.

También es agradable comprobar €“ como intuía en la distancia desde hace mucho €“ que, a pesar de las incontables diferencias entre mis ciudades de origen y acogida, Santa Cruz de La Palma y Salamanca tienen puntos de unión profundos, bajo esa superficie de antagonismos. Ambas son urbes ancladas en su propio pasado, deseosas de vivir de unas rentas ya escasas. La una, de cuando era uno de los puertos europeos más importantes de Europa, trescientos o cuatrocientos años atrás. Parada ineludible en el trayecto de ida o de vuelta a las prósperas Américas, era testigo de una febril actividad intelectual, comercial y cultural. La otra, de cuando las universidades europeas se contaban con los dedos de una mano y la suya era, con razón, la punta de lanza. Son tiempos ya pasados, como ya he comentado alguna vez aquí, por desgracia. También ambas ciudades se sienten arrinconadas y ninguneadas, en comparación con sus vecinas €“ Los Llanos de Aridane-Valladolid €“ con mayores o menores motivos y acierto. En ambos casos domina un sutil pero firme sentimiento de desconfianza ante lo extraño, lo externo y novedoso, a lo que se tilda sin tardanza de invasor: ni deseado ni deseable. En ambas ciudades sus habitantes son su fortaleza, inimitable en sus peculiaridades. Ambas ciudades son, en resumen, deliciosa e irremisiblemente provincianas.

Pero, como les decía al principio, por debajo de lo positivo de los reencuentros y la laxitud propia del turisteo, tengo un sabor agridulce en el paladar. Porque me doy cuenta de que no soy enteramente €œde aqu퀝, del mismo modo que me cuesta sentirme al completo €œde all퀝. Conforme han pasado los años, dedicados en Salamanca primero al estudio y luego al trabajo, todo aquello que me era familiar, aquí en casa, se ha distanciado; es como si me costase enfocarlo con la mirada. Colocado de nuevo ante lugares, personas y objetos que fueron testigos de mi infancia y adolescencia, paso un considerable rato esforzándome en identificarlos del todo con la persona que soy ahora. Es como si asistiese de público a una obra de teatro. Se monta en el mismo escenario en el que yo he ensayado esa pieza, que me sé de memoria, pero la veo desde el patio de butacas interpretada por otro, tratando de encontrar fallos y coherencias entre la obra que veo y la que recuerdo. No se trata del todo de añoranza, entendida como tal. Es algo así como una leve sensación de desarraigo, al ver como ajeno aquello que debería resultarme propio. Me siento un invitado, en mi propio hogar, con mi propia gente.

Sin duda, me costará deshacerme la sensación de €œextranjero€ con la que inicié esta aventura con ustedes. Si me siento como un guiri en mi propia casa y muchos de mis convecinos del salmantino barrio de San Bernardo siguen pensando que soy poco menos que un inmigrante, tendré que plantearme seriamente la carta de naturaleza que deseo que acompañe al pasaporte que me estoy tratando de ganar en Tribuna desde hace meses. Me estoy convirtiendo en un sin papeles cualquiera, quién lo iba a decir.

pasaportecharro@gmail.com

Twitter: @CesarBritoGlez

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