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Blog César Brito González

Tribuna de Salamanca

!Qué carácter!

Hace tiempo inicié una serie de artículos cuyo objetivo era analizar distintos mitos relacionados con la ciudad y su gente. En el primero de ellos, hablaba del calificativo de €œculta€ que suele ir asociado con Salamanca. Prosigo con ese afán pseudo sociológico, para validar o desmontar algunos tópicos del €œsalmantinismo€ más arraigado, hablando en esta ocasión de la €œforma de ser€ prototípica del charro medio ÂżSon los salmantinos tan delicados como unas bragas de esparto?

Pues verán. Es cierto que, viniendo de cálidas latitudes, el primer contacto con un castellano resulta algo chocante. Los canarios somos gente de mar, acostumbrados a recibir. Primero, conquistadores que nos despojaron de la piel de cabra y nos acoplaron al imperio a base de mandobles. Luego terratenientes, comerciantes, monjes e €œinmigrantes€ de todo tipo y pelaje; más adelante turistas de chancleta y litrona de cerveza. A fuerza de recibir, dulcificado nuestro carácter por los vientos alisios, la temperatura o las playas paradisíacas, solemos tener la sonrisa colgando en la cara, el gesto amable siempre a punto y no hace falta mucho, para que abramos la puerta de casa e invitemos a cenar a un señor de Burgos o La Coruña, que pasaba por allí. Todo lo da también la genética, ojo. Que no se es amable según procedencia, sino por disposición personal.

Me considero una persona abierta y reconozco que no me dio muy buena impresión, al principio, el carácter adusto reinante en tierras castellanas. Me decían, antes de venirme, que el salmantino con denominación de origen era malcarado, desconfiado, hosco y ladrador €“ en el sentido metafórico €“. Esa sensación no se vio refrendada inmediatamente porque, con la ciudad siempre hasta los topes de estudiantes, llegados desde cualquier punto del mapa, el salmantino nac퀙o y cria€™o queda siempre agazapado entre la masa. Con el tiempo comprobé que es cierto, cuesta mucho trabajo derribar la barrera de natural desconfianza ante el desconocido. No puedo negar que el €œcharro€ de pro no siempre es la alegría de la huerta, si se compara con la efervescencia del canario o la gracia reinante en el sur, por poner dos ejemplos. Pero no puedo admitir que se propague el tópico de que en tierras castellanas se comen a los niños crudos.

Aunque cuesta entrarle al principio, una vez que te lo has ganado, en un salmantino tienes un amigo para toda la vida. De los de verdad. De los de tirar de navaja para compartir la matanza, invitarte a la ribera a comer un poquito de hornazo o darte hasta la sangre, si te hace falta. Y los serranos también, ya que desmontamos tópicos. Mis mejores amigos no son estudiantes de Erasmus. Son salmantinos. De Gallegos de Solmirón, de Galinduste, Gallisancho, Linares de Riofrío, San Esteban de la Sierra y sitios así.

Eso sí, cuiden ustedes las formas si tienen un negocio, trabajan de cara al público o tienen relación rutinaria con seres humanos normales. Porque hay ocasiones en que no se puede defender lo indefendible y todos los esfuerzos que hago por desmontar falsos mitos se me van al carajo. No es exclusivo de esta ciudad, quede claro. Pero aquí más que en ningún otro sitio he entado en comercios, grandes y pequeños, donde se me ha atendido con desidia, falta de tacto o, directamente, con una ausencia de educación alarmante. Como si en lugar de vender te estuvieran salvando la vida. Algún día de estos les hablaré de bares y restaurantes que he vetado durante años sólo por este motivo, o de cierto conductor de autobuses, de la línea 4 para más señas, que me trae por el camino de la amargura con este tema. La excepción que confirma la regla, ya saben.

pasaportecharro@gmail.com
Twitter: CesarBritoGlez

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