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Blog César Brito González

Tribuna de Salamanca

Exiliado

No veo televisión generalista desde hace casi tres años. Ni siquiera los informativos, salvo alguno esporádico de TVE1. Durante un tiempo estaba orgulloso de ello, no me importaba comentarlo públicamente. Sigo estando orgulloso, continúo hablando del asunto, si la situación lo requiere, pero cada vez lo hago menos. Sobre todo porque, desgraciadamente, me miran mal y me tildan de pedante, de falso y alguna que otra cosa (desagradable) más. Prefiero evitar con mi silencio lapidaciones verbales, miradas de reproche y mohines de condescendencia.

Y no pretendo con ello alcanzar una posición de superioridad moral sobre los demás. Procuro mantenerme firme en una decisión que ha resultado liberadora, mentalmente salubre y tremendamente clarificadora respecto del entorno en el que vivimos, cuando se observa el universo televisivo con cierta distancia. Desde mi posición de €˜exiliado catódico€™ procuro sacar conclusiones sobre la televisión que se consume y, por consiguiente, sobre la sociedad que estamos construyendo entre todos. No hay mejor forma de conocer la segunda que analizar la primera.

Ni destriparé la parrilla, para alabar o criticar uno u otro programa, ni rechazaré alegremente el trabajo de muchos compañeros que, por desgracia, hacen lo que pueden para comer, aunque los programas de los que forman parte den bastante asco. Tampoco defenderé una hipotética labor social de le televisión. La €˜tele€™ es, básicamente, compañía, entretenimiento y espectáculo.

Lo que sí debe ponernos en guardia es que, después de las recientes fusiones, en España sólo existan dos grandes grupos mediáticos en televisión €“abanderados por Tele5 y Antena3€“, junto a una cadena pública endeudada hasta las cejas. A pesar de la aparente variedad de canales, la oferta real es nula y las respectivas marcas de la casa, en las cadenas dominantes, son la zafiedad, el amarillismo y la guerrilla sensacionalista. Nos pueden decir lo contrario, pero no hay mucho donde elegir, si no tenemos dinero para pagar por el acceso a una plataforma digital. Sin oferta, o pasamos de la tele o tragamos con lo que hay.

Y lo que hay, damas y caballeros, es Gran Hermano. La cadena de Fuencarral volverá a pulverizar registros de audiencia con la enésima experiencia sociológica en Guadalix de la Sierra, que ha iniciado temporada hace unos días. Doce años seguidos, queridos lectores, soportando impenitentes los vaivenes del buque insignia de los realty shows. !Doce años! Si durante tanto tiempo no nos ha dado un triple salto mortal con tirabuzón la vesícula biliar, si en trece temporadas hemos soportado de todo y, lo que es peor, hemos pedido más, es que algo nos pasa como sociedad.

Hemos llegado al punto de querer pagar por participar del espectáculo en la arena del circo, directamente. Un hipotético concursante, que atiende al seudónimo de €˜Aristidín€™, ha pagado por la plaza que se subastaba en Internet, para ser concursante de pleno derecho en la última edición. Más de 69.000 ‚Ź. Así, sin anestesia. Al éxito de audiencia de programas como Gran Hermano acompaña un mensaje, sutil pero tremendamente peligroso, en un contexto de crisis y desempleo, un aviso para jóvenes €“ y no tan jóvenes €“ navegantes: la tele es la meta, la fama es el objetivo a perseguir. La notoriedad, por breve y artificial que sea, es sinónimo de éxito y prosperidad.

Con un poco de suerte, pasada la moda que ha ensalzado al €˜televisivo€™, éste acabará fichado por la propia cadena, como colaborador, tertuliano y polemista profesional. No importará su preparación, intelecto o sus reservas éticas. Si grita mucho y tiene estómago suficiente, se hará de oro y podrá llamarse a sí mismo periodista, con el tiempo. Tecleará su Blackberry en el plató de Sálvame, en mitad del programa, orgulloso porque €˜uno de sus informadores€™ le ha dado una exclusiva sobre el último novio de Bárbara Rey, Kiko Rivera o quienquiera que ocupe las portadas esa semana. Para llegar a eso hay que tragar con todo y hay que pagar casi cualquier precio, que lo jodido es estudiar o ir al bar a poner cubatas hasta las seis de la mañana.

Me da igual que la televisión sea un entretenimiento legítimo, que haya muchas amas de casa deprimidas a las que la caja tonta haga compañía y que también existan programas como Redes o los documentales de La 2. Es verdad que siempre hay un libro al alcance de la mano, para quien quiera abrirlo; es cierto que el mando a distancia y el botón de apagado tienen un funcionamiento sencillo. Pero, si siguen ustedes pensando que una sociedad en la que triunfa durante doce años seguidos un programa como Gran Hermano es una sociedad que no tiene un problema€Ś me permitirán que crea que el exiliado, el rarito no soy yo, por no ver la tele. Los frikis son ustedes, francamente.

pasaportecharro@gmail.com
Twitter: CesarBritoGlez

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