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Blog César Brito González

Tribuna de Salamanca

En ocasiones… veo fantasmas

A veces, las situaciones más banales desencadenan reflexiones que ríete tú de Platón y Aristóteles (por poner un ejemplo). Y una reflexión da paso a otra, que a su vez desencadena otra y, de buenas a primeras, te encuentras de frente con tus fantasmas. Y, cuando pasa eso, haces lo que puedes: dialogas con ellos, haces como que no están o tratas de meterlos de nuevo en los rincones oscuros de donde salieron. Quizás huyes despavorido, por si tienes suerte y no vuelves a verlos.
A ver si me explico. Hace un par de días me encontré en la calle con uno de mis ex-profesores universitarios. Estaba charlando animadamente con una amiga, mientras trataba de no perder de vista a una mocosilla que les acompañaba, agarrada diligentemente de los bordes de las mangas. Aún así, me atreví a acercarme a él - pecando de indiscreto y descortés - por el placer de saludarlo y estrecharle la mano. Es de las pocas personas de aquella época que tengo en una altísima estima, tanto profesional como personal. No sólo por lo mucho que me enseñó, sino por la manera en la que lo hizo y por un conjunto de matices que, reunidos, construyen ese intangible que marca la diferencia entre un funcionario de la enseñanza y un excelente mentor, un profesor con mayúsculas. Quizás algún día les hable de esta especie en extinción y de lo mucho que le debo. El caso es que nos saludamos educada pero efusivamente. Quiero creer que, sin llegar a ser amigos, sí nos une un lazo de sincero afecto. Basado en el respeto y la admiración, por mi parte; por la suya, apoyado en el convencimiento de que su esfuerzo contribuyó al proyecto de adulto que soy ahora.
  • ¡Hombre, señor Brito! - me estrecha la mano - ¿Cómo está usted? ¿Pero, todavía por estos lares? Le hacía por esos mundos de Dios, esquivando tiros y contando historias
  • Sí, ya ve -sonrío- Aquí seguimos, tratando de sobrevivir como podemos. ¿Qué tal todo?

El resto de la conversación carece de importancia, a los efectos de lo que les quiero contar. Lo que me puso a funcionar el cerebro al separarnos fue su primera pregunta: "¿Todavía por aquí?". Estoy seguro de que la hizo como mero formulismo, sin ningún tipo de malicia o doble intención. Aunque con legítima sorpresa, supongo. No es muy normal encontrar a un ex-alumno en el mismo sitio, una y otra vez, a pesar de los años transcurridos y las vicisitudes académicas superadas. No en vano, Salamanca siempre ha sido un caso paradigmático de "ciudad de paso" para quienes venimos de otros lugares. Los jóvenes llegan, estudian y se divierten, crecen y maduran, se licencian… y se marchan. La mayor parte de las veces, para siempre. Los "extranjeros" que nos quedamos somos rara avis.

Y por eso lo de los fantasmas, que les decía. No dejo de preguntarme: ¿Me he quedado aquí sólo porque me gusta la ciudad o es por comodidad? ¿Me frena el miedo a acometer una aventura lejos del abrigo de lo conocido? ¿Acaso carezco de ambición personal y profesional, cómodamente instalado tras el biombo de la crisis y de lo mal que está todo? ¿Es falta de capacidad y talento? Me torturan estas dudas existenciales. Pienso en mi entorno, en el resto de mis compañeros de estudios, y compruebo que prácticamente nadie ha seguido mis pasos, salvo los salmantinos "legítimos", que han tenido la suerte de encontrar trabajo aquí, que no son muchos. Casi todos ellos pueden decir que han progresado, en mayor o menor medida. Durante unos breves instantes me sorprende el vértigo, la desagradable sensación de estar desperdiciando mi vida.

Haciendo acopio de los pocos rescoldos de seguridad en mí mismo que me quedan, trato de convencerme, de recordar que estoy aquí por otras razones. Porque confío en que tengo algo que decir, algo que aportar. Porque espero encontrar mi oportunidad y mi modesto lugar en el mundo. Porque creo que esta ciudad puede ser tan buena como cualquier otra, que puede esperarte la felicidad a la vuelta de cualquier esquina, sin importar si estás en Salamanca, París o San Petersburgo. Esa esperanza es la que me mantiene en pie, a duras penas.

Pero me pregunto si todos los salmantinos que se van cada año, muchos de ellos forzados por las circunstancias y la falta de alternativas aquí, donde nacieron, tienen estos diálogos internos antes de salir por pies. Si sus fantasmas son los mismos o son otros distintos a los míos. Y me encantaría hacerle muchas de estas preguntas a quienes nos gobiernan, a los que se llenan la boca hablando de empleo juvenil, de oportunidades y de futuro. De cambios y de luchas. Probablemente nunca se han enfrentado con fantasmas como estos. O quizás los fantasmas son ellos.

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