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Blog César Brito González

Tribuna de Salamanca

Elogio del €œpeseto€

Una de las señales que me indican que me estoy volviendo algo charro €“ al menos en lo tocante a residencia y desarrollo de vida diaria €“ es que voy conociendo las caras de muchos taxistas. Bueno, eso y que ellos van reconociendo mis trazas, también, que tampoco es moco de pavo. Ahora que lo pienso, también puede ser indicador de que soy un vago redomado, pero no es a eso a lo que voy esta semana.

El caso es que nunca he entendido esa especie de antipatía visceral que se les tiene a los taxistas. En el imaginario colectivo, plagado de clichés, el €œpeseto€ es alguien malcarado y seco en el trato, con el habitáculo del coche oliendo a faria rancia y sudor, un llamativo protector de bolas en el respaldo del asiento del conductor, una estampita de San Cristóbal y el taxímetro trucado. Ese mismo €œpeseto€ estereotipado no hace otra cosa que conducir de manera desquiciada por la ciudad, dar rodeos intencionados para sacarnos los cuartos y poco menos que dejarse la bocina y la garganta en la más florida muestra de insultos, improperios y estridentes avisos de superioridad vial concebida por la mente humana.

En mis quince años en Salamanca sólo he tenido problemas con un taxista en concreto, de quien recuerdo el nombre y el número de licencia, pero a quien no citaré en mi pasaporte €“ buena gana €“, pues solventé dichos problemas como debe hacerse: presentando una queja formal a los administradores de la empresa. Además, este señor ya no pertenece al gremio. En este largo período como cliente habitual, donde ha habido temporadas en las que tomaba el taxi casi a diario, debo reconocer que, si bien no he encontrado amigos, sí que puedo tomarme algún €œcombo€ de caña y pincho con más de uno, si me lo encuentro fuera de servicio.

Recuerdo con especial cariño a un taxista en particular. En 1998  tenía la licencia Nº21, si no recuerdo mal. Mantuvo el mismo taxi hasta poco antes de ceder los €˜trastos de matar€™, no sabría decir si para que un familiar continuase con la tradición o para que la jubilación y los problemas de salud, propios y ajenos, le obligaran a prestar atención a otros asuntos. El caso es que fue el primer taxista con el que me crucé, un lejano mes de Septiembre, en mitad de las ferias. La carrera no fue muy larga, desde la estación de autobuses hasta el hotel Las Torres, en su acceso de la Plaza de la Libertad. Sin embargo, este señor de calva más que incipiente y bigote de guía baja, dicharachero y extremadamente amable, no se olvidó de mi cara y mi procedencia, como yo tampoco de la suya. Con el paso del tiempo, y gracias al azar y al carácter parlanchín de ambos, en mis incontables y pequeñas pero intensas estancias en la parte trasera de su taxi, supe de sus avatares familiares, de los problemas en el pueblo con no sé qué parcela que había heredado, del orgullo que sentía por sus hijos y, últimamente, por su nieta, de la mano de la cual me lo llegué a cruzar por mi barrio en más de una ocasión, camino del colegio.

Es cierto que en todas las casas cuecen habas, de todo me he encontrado, como pasajero. Pero con los taxistas se es tremendamente injusto, en general. Son, esencialmente, buenas personas y currantes como el que más. No lo tienen nada fácil, se marcan turnos de 12 y 14 horas al volante, se enfrentan cada noche y cada fin de semana con borrachos que vomitan, jetas que no les pagan, drogatas y delincuentes que les asaltan y, en algunos casos, hasta se dejan la vida en el volante €“ literalmente €“ sin comerlo ni beberlo. Es caro ser taxista y cuesta mucho ganarlo. Hay de todo, es cierto. Pero a los taxistas salmantinos no me los toquen, que son buena gente.

pasaportecharro@gmail.com

Twitter: @CesarBritoGlez

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