Blog autor

Blog César Brito González

Tribuna de Salamanca

Aires carnavaleros

Hace poco tuve la oportunidad de ejercer de jurado, en un concurso infantil de disfraces organizado por El Corte Inglés. Aparte de disfrutar de la enternecedora y divertida experiencia, pude reflexionar, casi catorce años más tarde, sobre lo que es el Carnaval, a 3.000 Km de mi tierra de origen, donde los devaneos de Don Carnal son casi una religión.

El primer choque frontal, cuando aún era un estudiante recién llegado, fue encontrarme con jovenzuelos novatos de diversas carreras, en las respectivas fiestas de sus facultades, pertrechados de las más diversas maneras, absolutamente mamados a las doce de la mañana y pegando gritos al son del €œQué buenos son los amigos veteranos, qué buenos son que nos llevan de excursión. No participé de ellas en su momento, por parecerme excesivas y sin sentido. Pero no lo critico, ojo. Cada cual que haga con su vida lo que quiera, oigan. Pero esos disfraces a deshoras€Ś Las hadas de velos vaporosos €“en pleno mes de enero, por ejemplo€“, las caras pintarrajeadas de cualquier manera, los romanos de saldo, con disfraces de €œEl Barato€, con todos mis respetos, llegan a parecer curiosos y anacrónicamente divertidos durante un rato. Luego cansan. Además, los litros de calimotxo en la Plaza Mayor de buena mañana€Ś como que no. Descartado el permanente €œCarnaval Universitario€, pues. De la nefasta costumbre de disfrazarse, en todas y cada una de las despedidas de soltero que hay los fines de semana, mejor no hablo que me salen espumarajos por la boca.

La siguiente referencia fue el afamado €œCarnaval del Toro€ de Ciudad Rodrigo. Para un canario, disfrutar de unas fiestas así, honestamente y sin pretender ofender a los mirobrigenses, es harto difícil. Y quiero que me entiendan. Yo, hasta hace bien poco, el toro más cercano que había visto en mi vida estaba a tres metros de distancia, que eran los que separaban mi sofá de la tele; era la época de los toros televisados por TVE los sábados, cuando la tauromaquia no reventaba ampollas nacionalistas, cuando ser seguidor de la fiesta nacional era sinónimo de ser un español relativamente normal, y no un asesino sin escrúpulos. También era la época de €œEl Salero€, donde se cantaba copla y música ligera sin complejos. La época de cuando éramos menos capullos, vamos. Pero bueno, eso es otro tema. Les decía que, para alguien como yo, ver mezclado un morlaco de unos cientos de kilos con una señora vestida de bombona de butano €“más allá de maliciosas asociaciones€“ resulta extraño. Además, un paisano vestido de Buzz Lightyear con un plumas y una bufanda, para soportar los rigores invernales€Ś pues es de aplaudir y valorar, por voluntarioso, pero en el fondo da un poco de repelusillo.

Y claro, es cierto que juego con ventaja al hacer comparaciones de brocha gorda, porque el toro, en la provincia charra, está en el código genético de todos y cada uno €“casi en el mío después de tanto, si me apuran€“ Servidor, además puede disfrazarse en Canarias de lagarterana o de monje budista, que con 19ºC de media todo el año, bien se puede ir hasta en pelotas, si se quiere. Vale. No discutiremos las evidentes diferencias climatológicas y educacionales. Pero es que el Carnaval es otra cosa, al menos para mí. Y, como es lógico, la clave radica en algo de lo que carecen los castellanos, a mi entender: espíritu carnavalero.

En Carnaval no hay reglas, las barreras sociales se difuminan, no hay empleados ni jefes, no hay morosos ni acreedores, sólo gente de fiesta que debe tener el único objetivo de reírse de los demás y de sí mismo, tomarse unas copas y, si puede, echar una canita al aire. Además, deben hacer todo esto disfrazados, parapetados tras una máscara que representa a un personaje. Un personaje que cuenta una historia y con el que hay que convivir toda la noche, a quien hay que creerse a pies juntillas y que debe integrarse en el ambiente, mezclarse con los demás y participar también de sus historias, si es posible. Así resulta más divertido y se conoce más gente. Para eso hay que tener un puntito €œgolfo€ y €œtravieso€, olvidarse de la vergĂźenza y pensar que lo importante no es lo que piensen o hagan los demás, lo importante es saber quién €œeres€ durante ese rato, qué historia quieres contar con tu disfraz y cómo puedes divertirte y hacer que los demás se diviertan. Eso, o se tiene o no se tiene.

Y el disfraz es otro aspecto importante. Para mí un disfraz €œde fábrica€ no es un disfraz. Para erigir tu personaje tienes que pensar en él durante meses, saber por qué resultará gracioso, sin resultar grotesco o de mal gusto, tienes que ingeniártelas para confeccionar tu disfraz artesanalmente, mimando cada detalle y procurando que te haga único. Debes pensar en cómo te sentará, mientras la orquesta se desgañita con salsa, merengue y demás ritmos tropicales €“para nada €œPaquito el Chocolatero€€“ en la verbena. No s逦 son tantos detalles... En el fondo puede que sólo se trate de que ustedes son charros, yo soy canario y hace mucho que no me disfrazo de nada.

Imagen: carnavaldeltoro.es

pasaportecharro@gmail.com

Twitter: @CesarBritoGlez

Comentarios

Deja tu comentario

Si lo deseas puedes dejar un comentario: