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Blog Ana Belén Martín

Tribuna de Salamanca

Yo soy yo y mis circunstancias

Con esta conocida frase comienza aquí un post en el que vamos a abordar el uso de las etiquetas en salud mental, entendiendo éste como la asignación de un diagnóstico con nombre y apellidos a la persona que llega a la consulta del psicólogo o del psiquiatra, con su correspondiente tratamiento, etiquetado también o no, farmacológico o terapéutico.

Y empiezo a explicarme. Hace unos días me llegó un email que lleva circulando unos meses y en el que se rechaza la implantación de sistemas estadísticos de diagnóstico. Algunos conoceréis, y otros no, al llamado DSM, que no es otra cosa que un manual diagnóstico y estadístico de los desórdenes mentales publicado por la American Psychiatric Association. En la misma línea, existe también la CIE, que es su homólogo europeo.

La raíz del problema está en que la imposición del uso de estos manuales de cara a la realización del diagnóstico por parte del profesional de la salud mental empobrecería mucho este proceso y su abordaje terapéutico. Simplifica el proceso al hecho de €œcolocarle€ a la persona una de las tantas etiquetas que aparecen en el manual para saber a qué nos estamos enfrentando, cuál es el problema de nuestro paciente y, así, según el nombre que le hemos puesto, según la etiqueta, se le asigna la correspondiente técnica de terapia que se nos indica como adecuada para esa etiqueta.

Pero, señores, no hay que ser extremistas. Hay quienes rechazan frontalmente este sistema, como aquellos que apoyan el Manifiesto a Favor de una Psicopatología Clínica que No Estadística (podéis encontrarlo en http://stopdsm.blogspot.com), los hay que siguen perfectamente el guión establecido en el DSM porque para ellos constituye la biblia de la salud mental y los hay quienes, como una servidora, relativizan ambas posturas y tratan de sacar lo mejor de cada una de ellas.

Así que os comento ahora cuál es mi opinión, mi punto de vista sobre el tema, y el de otros muchos profesionales de la salud mental con quienes tengo el placer de conversar a menudo.

Para empezar, yo soy más partidaria del sistema americano (DSM) que del europeo, no por nada en particular, sino porque la mayoría de los manuales de psicopatología que he manejado siguen fundamentalmente esta corriente y además está más extendida a nivel mundial, mientras que la CIE se restringe más al ámbito europeo.

Sin embargo, no creo que sea una biblia a seguir en todo caso y circunstancia sino, más bien, un instrumento de apoyo que nos sirve de orientación, pero que no debe limitar nuestro trabajo con el paciente.

Ante nuestro paciente hay que evaluar, escuchar, atender a sus circunstancias individuales, a sus características personales que hacen de esta persona un ser único, como lo somos cada uno de nosotros€Ś y, para poder ir delimitando hacia qué camino se dirigen los problemas que presenta, ahí sí podemos ponernos DSM en mano y consultar, repito, consultar (no aplicar sin lugar a apelaciones) aquellos trastornos o problemas de salud mental que más se asemejan a lo que nuestro paciente padece. Esto nos puede ayudar y orientar sobre lo que tenemos delante (aunque en no pocas ocasiones tenemos tan interiorizados muchos de los trastornos más comunes que ni nos hace falta la consulta) y resulta especialmente útil cuando, por los síntomas y demás características del cuadro clínico, estamos en una disyuntiva en la que no terminamos de decidir si el problema va hacia un lado o hacia otro.

Puede parecer extraño que se den estos casos o que pueda resultar determinante pero no debemos olvidar que tratamos con personas y que los detalles son importantes. Por poner un ejemplo que aclare un poco esta idea, el simple hecho de la duración de los síntomas que presenta nuestro paciente puede determinar el tipo de problema que tiene y, por lo tanto, quizá la terapia se enfoque de la misma manera, pero posiblemente con menor intensidad o duración.

Con todo esto lo que quiero expresar es que estos instrumentos, DSM o CIE, no deben convertirse en sistemas diagnósticos de uso exclusivo y obligatorio, ni para psicólogos, ni para psiquiatras, pero tampoco se debe luchar por su eliminación. Tan malo resultaría una cosa como la otra.

Si, en lugar de ello, sabemos hacer un uso racional de los mismos, utilizarlos a modo de consulta, de resolución de dudas, de aclaración de conceptos,€Ś pero siempre teniendo en mente y en lugar preferente a la persona que tenemos delante y a sus circunstancias, serán una útil herramienta, de gran valor y que no limitará nuestro trabajo ni el resultado del mismo.

Por supuesto, ni qué decir tiene que esto también se hace extensible a la terapia, farmacológica o psicológica, que vamos a utilizar con cada paciente. Una cosa es que existan métodos y estrategias terapéuticas cuya eficacia se ha demostrado mayor para unos tipos de problemas de salud mental que para otros, y otra cosa es que no podamos salirnos de este guión.

Al igual que sucede con el diagnóstico, las recomendaciones de terapias son eso, recomendaciones, y nos pueden resultar útiles para comenzar a abordar un problema poco frecuente o al que no nos hemos tenido que enfrentar hasta el momento en el desarrollo de nuestra profesión. Sin embargo, hay que adaptar las técnicas, el ritmo de trabajo,€Ś toda la terapia al paciente, a su realidad, a sus circunstancias,€Ś y a su evolución durante la misma.

Es decir, que todo es cuestión de relativizar y ser flexibles, o así al menos lo veo yo. Ni todo es blanco, ni todo es negro, sino que existe una amplísima gama de grises que debemos saber ver, aceptar y utilizar en beneficio del ejercicio de nuestra profesión y, por supuesto, en beneficio de la mejora de nuestros pacientes.

Feliz semana.


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