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Blog Ana Belén Martín

Tribuna de Salamanca

'¿Adiós al estigma?'

Hoy voy a dejarme llevar por mi vocación dentro del mundo de la psicología, la atención a población con discapacidad, sobre todo, intelectual. Y es que, en los últimos días, ha sido noticia el cambio de nomenclatura de la expresión “retraso mental” a la denominación de “trastorno del desarrollo intelectual”. Avanzamos, sí, pero con matices.
Efectivamente, supone un gran paso adelante dejar de usar un término tan peyorativo como lo es el de retraso mental. Ya era hora de equiparar de algún modo este tipo de discapacidad con la que conlleva la presencia de otro tipo de trastornos de la salud mental.

Posiblemente, con la nueva expresión, seamos capaces de integrar más a estas personas ya que les quitamos una etiqueta totalmente segregacionista, aunque les seguimos poniendo otra, pero, en esta ocasión, mucho más acorde con lo que todos asimilamos con naturalidad, más aún en estos tiempos en que los trastornos de ansiedad y los trastornos del estado del ánimo han aumentado notablemente y raro es quien no tiene algún conocido diagnosticado con alguno de ellos.

Sin embargo, ¿por qué hemos de seguir hablando de algo que no tiene lugar dentro de la normalidad? Esto es realmente lo que supone la palabra trastorno, que se sale de lo que habitualmente se considera normal. Efectivamente, tener una discapacidad intelectual no es lo más común pero, en realidad, existen muchas más personas de las que nos parece que manifiestan algún tipo de discapacidad que conlleva un funcionamiento intelectual inferior al de la población general.

Esta nueva denominación facilita el trabajo de los profesionales de la salud ya que, como afirma el Doctor Reed, lo que se persigue es “que la nueva clasificación diagnóstica sea más útil en la práctica clínica” pero ¿hasta qué punto se reflejará la realidad de estas personas en dicha clasificación?

Creo firmemente que deberíamos dejarnos de tanta etiqueta que, finalmente, siempre acaban siendo demasiado estrictas y no reflejan la complejidad y variabilidad de las personas. Me parece mucho más acertado el término diversidad funcional, concepto que ya se está comenzando a utilizar en los círculos más íntimamente relacionados con la población con discapacidad intelectual y que ofrece una imagen mucho más exacta, puesto que da perfecta cabida a la variabilidad individual que existe dentro de este colectivo, variabilidad similar a la que aquellos que nos consideramos “normales”.

Así que, desde mi humilde blog, quiero hacer un llamamiento por la integración real de estas personas de las que tenemos mucho que aprender y por el uso de una terminología más precisa que nos ayude a entender su realidad y que sea respetuosa con ellos y con sus características individuales. Y hagamos esto extensible a todos aquellos que tienen cualquier otro tipo de discapacidad porque, al fin y al cabo, yo misma, que uso gafas para conducir y ver la televisión, también tengo una discapacidad, no? ¿Y alguien me pone en tela de juicio por ello? Creo que no.

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