Silueta alberto arija original

Arija Station

Alberto Arija

Y SI NO SE LE QUITAN BAILANDO...

La tarde del domingo me ha acariciado el aire del Cantábrico. El Centro Montañés ha tenido la gentileza de invitarme a su almuerzo de fin de año y he podido ver Cantabria en Buenos Aires. Gente que trabaja cotidianamente por conservar las tradiciones y la cultura de un pueblo que, o conoció de primera mano porque nació allí, o ha aprendido a amarlo a través de sus ancestros. Grandes y pequeños han bailado al son de las castañuelas y el pandero, como se hacía desde siempre en los valles después del trabajo en el campo. Hemos compartido sentimientos y miradas de unas caras que creo haber visto antes, a pocos kilómetros de donde yo nací, en la tierra que sale al mar a través de Cantabria. He tenido el honor de dirigirme a ellos y esto es lo que les he dicho.

Cuando Francisco Figueroa, el Presidente del Centro Montañés de Buenos Aires, me invitó a estar presente en este acto volví a la infancia. Me llamo Alberto Arija. Mi apellido lleva el nombre de un pueblo que abre la puerta a Cantabria desde Castilla, en el Pantano del Ebro, en la línea que divide dos territorios que siempre han estado unidos. Soy de Palencia, justo debajo. Nosotros somos vuestro camino hacia el interior y vosotros nuestra salida natural al mar, a la inmensidad del agua. Tenemos zonas que se confunden por la cercanía en nuestra montaña común: Potes, en el hermoso Valle de la Liébana, cerca del mirador de Piedrasluengas, o San Pedro el Romeral, en esa maravilla de la naturaleza, la Suiza española, que es el Valle del Pas, donde el verde es aún más intenso.

 

He recorrido Cantabria de oeste a este, desde Unquera y San Vicente de la Barquera a Castro Urdiales y Ontón, donde el verde se confunde con el País Vasco. He caminado por el Puerto del Saja y he contemplado el mar desde el faro, en el Cabo de Ajo. He subido a las alturas del teleférico de Puente De y he bajado a la cueva de Altamira. Conozco la tierra, el color, el olor, el sabor y la gente de Cantabria y la tengo siempre cercana porque en mi piel aún llevo las marcas del sol de la playa de Liencres y en mi boca recuerdo bien el sabor del orujo del Alto Campóo, ese que alberga otro pueblo común en nuestra historia: Aguilar de Campóo.

 

De niño jugué en la playa de Suances. Mi memoria recuerda el sol y los castillos de arena y el sabor de las patatas fritas después de salir del mar. Tendría diez años cuando de noche, en la pared de mi habitación en Santander, en el Alto de Miranda, la luz del faro se reflejaba una y otra vez. Por la mañana, al asomarme, veía el viejo Sardinero, donde el Rácing jugaba las tardes de domingo. Luego bajábamos caminando hasta la playa de la Madalena. La luz de la costa cántabra siempre ha sido más blanca, más brillante.

 

El suegro de mi primo, Santiago Lanza, era cántabro y lechero. Pasiego. Tenía la mirada limpia del montañés que te mira a los ojos y cuando tendía su mano grande y fuerte de años y años ordeñando sus vacas, apretaba con decisión porque para él un apretón de manos valía mucho más que un contrato firmado. Hablaba claro, sin rodeos. Con la seriedad de un hombre de bien. Amaba su tierra y cuando había algo que celebrar con una cucharilla de metal y una botella de “anis del mono” marcaba el inconfundible ritmo de la música ancestral para entonar las canciones de la montaña: “Eres alta y delgada como tu madre, morena salada, bendita sea la rama que al tronco sale”…

Cantabria me ha acompañado y ha estado presente a lo largo de toda mi vida. Desde mis juegos de niño en los largos y plácidos veranos a mis excursiones de juventud. Ustedes me permitirán que, puesto que estamos en una celebración familiar, dada a las confidencias, les cuente algo personal e íntimo: soy un hombre enamorado. La mujer que amo se sienta hoy en una de estas mesas. Nos comprometimos hace tres años en España. Nos dijimos que intentaremos que solo la vida se encargue de decirnos hasta cuándo. Lo recuerdo muy bien: estábamos sentados junto a una chimenea, en una preciosa casa de piedra y madera, al lado de uno de los pueblos más hermosos que conozco: Santillana del Mar, en Cantabria. Como verán, la tierra común me acompaña en los momentos importantes de mi vida. Muchas gracias.

 

Y luego nos dimos al cante, al baile y a comer y beber. Como mandan los cánones.

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