Silueta alberto arija original

Arija Station

Alberto Arija

SORIA ON MY MIND

La primera vez que pisé Soria fue para dar un concierto con mis hermanos, allá por los años ‘70. Después volví para actuar con un circo. Y más tarde, a rodar un documental. La Ciudad del Duero y yo tenemos una relación muy particular, como esos amantes que desconocen incluso su nombre y que, cuando se encuentran nunca saben qué es lo que va a ocurrir, aunque intuyen que va a ser bueno. Y es cierto: jamás en las muchas veces que volví a Soria, ya fuera a cantar, a hacer de “faquir” con el Circo de la Ciudad de los Muchachos o a rodar cine, he tenido el menor atisbo de duda de que los sorianos, ese híbrido fabricado con lo mejor de los castellanos y los maños, harían que me sintiera como en casa.

No recuerdo nada que no fuera amabilidad en su rostro y esa sensación de familiaridad con la que te trata quien ha vivido mucho y no necesita protocolos. Una vez tuve ocasión de irme a vivir a Soria, pero finalmente no se concretó. Sin embargo la ciudad va y vuelve a mi vida como esos amigos a los que no ves demasiado y que cuando llaman a tu puerta es como si nunca se hubieran ido. Ese trozo de Castilla ha vuelto en las últimas semanas con toda la fuerza a través del cine, pero sobre todo a través de su gente de ambos lados del océano porque en una y otra orilla se respira el aire de los olmos junto al río Duero.

Emilio Gonzalo y Javier Muñiz forman una de las parejas más dispares que he visto. El aspecto pulcro y tradicional del primero choca con el desparpajo en la indumentaria y la decoración de la piel del segundo. Emilio es alto y flaco. Javier pequeño y (que me perdone si puede) ancho. La voz timbrada de uno choca con el verbo roto del otro y la pausa del primero a la hora de dirigirse al público contrasta con la fluidez del segundo. Si tuviéramos que jugar con un grupo de veinte personas a juntarlos por parejas en función de la afinidad, jamás se nos habría ocurrido elegirlos como partenaires para nada. Y sin embargo ambos están consiguiendo hacer realidad un sueño, el maravilloso proyecto de dar a conocer su tierra a través del cine. Javier desde hace años dirige el Certamen Internacional de Cortos Ciudad de Soria y Emilio organiza en Argentina el Festival de Cortos de Soria en Buenos Aires. Porque ambos son sorianos, aman el cine y quieren dar a conocer su tierra y su cultura en el país del Río de la Plata. Aquí es donde comienzan las coincidencias entre ambos personajes.

 

Ambas citas con la ciudad castellana como referencia han tenido amplio protagonismo en el Festival de Cine Pantalla Pinamar y están dando que hablar. El certamen español porque se ha convertido en uno de los más importantes del país, recibiendo miles de cortos a la selección en los últimos años. El Festival argentino porque está despegando después de tres años de tomar impulso y “amenaza” con ser uno de los referentes cinematográficos de la capital porteña. Y si no, al tiempo. Hay más de un convencido en ambas orillas del mar de que una de las mejores fórmulas para dar a conocer las excelencias de un lugar es a través de la cultura porque es lo que nos eleva por encima de la línea del suelo.

 

Soria es una ciudad de cine. Lo vi cuando produje “Viviendo Soria” con mi socio Abbé Nozal como director del documental. El color de la piedra del Collado, el romanticismo de la Alameda de Cervantes, la magnificencia de San Saturio, junto al río, el puente sobre el ferrocarril, el Casino del Circulo de la Amistad Numancia y sobre todo sus habitantes. Gente que siente su tierra y que vive historias irrepetibles en ella porque hacen que lo cotidiano parezca único y lo intrascendente importante. Soria es la resistencia, lo llevan en el ADN y los sorianos no quieren bajo ningún concepto que cada uno de sus rincones, que no dejan de ser esos lugares en los que su corazón late, permanezca en el olvido.

 

Desde esta estación uno observa cómo Emilio y Javier, antagonistas de aspecto, tienen tantos puntos en común que resumen en una mirada única y centrada en un sueño: la tierra, la referencia propia, elevada a la categoría de la inmortalidad a través del séptimo arte.

 

 

 

 

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