Silueta alberto arija original

Arija Station

Alberto Arija

PAN Y CACAHUETES

El aire se volvía más fresco al caer la tarde, cuando salíamos al patio con la merienda. Pan y cacahuetes sin pelar. O maní, según a qué lado del Atlántico esté el lector. Nos comíamos los granos y tirábamos las cáscaras al suelo guardando el pan para las noches de hambre en el dormitorio. En aquella galería en la que se alineaban tres filas de veinte camas cada una, calmábamos la sensación de ansiedad del estómago si aquellos curas no nos habían revisado las maletas para quitarnos los chorizos, las galletas, y las cosas que nuestros padres nos daban porque el internado siempre ha sido un lugar en el que la alimentación es escasa y el frío abunda. 

Pero volvamos a los cacahuetes: Don Eleuterio (que me corrija Perrino si su nombre era otro), daba clases de música. Recorría los pasillos con su sotana negra, porte erguido, canturreando siempre con ese inconfundible bamboleo de cabeza y jugando con un reloj de bolsillo en los dedos. La cadena se enrollaba y desenrollaba en su dedo índice al ritmo de algo que sólo ocurría en su mente, porque los demás no lo oíamos. Tenía un perro, de nombre Eusebio, un perdiguero que sacaba a pasear por las huertas del Monasterio. Ese día Don Eleuterio (para mí que el nombre era otro, pero no consigo recordarlo) decidió sacar su escopeta de perdigones y cargarla allí mismo, en el patio, apostado sobre el cubo de la basura, esperando a que los cuervos se posaran para comer de las sobras que antes había colocado como señuelo. Y así pasaba un buen rato. Matando pájaros mientras nosotros mirábamos atentamente, abriendo vainas de cacahuetes, sin apenas respirar para no hacer ruido. Después de cada tiro, Eusebio salía disparado para cobrar su presa y llevársela a su dueño.

 

Tenía diez años y han pasado más de cuarenta y cinco. Aún tengo grabadas algunas sensaciones que solo desaparecerán conmigo. Es verdad que lo que ocurre en la niñez te marca para el resto de la vida y forma el carácter que luego paseas mientras respiras. Viví dos años en un Monasterio del siglo IX, que ahora es un magnífico hotel que dirige precisamente mi compañero de pupitre. Ayer, mientras jugaba con mi hija pequeña al futbolín recordé que yo era el encargado, es decir, abría y cerraba, mantenía y tenía a punto la habitación donde a diario participábamos en interminables torneos.  Puedo escuchar aún el ruido que aquellas alineaciones del Barca o el Madrid formadas por jugadores de hierro provocaban al golpear la bola blanca o el sonido de los topes de goma que protegían las barras al chocar contra la madera de las mesas de juego. Hacer girar a los jugadores era penalti. Las partidas se sucedían a toda velocidad porque el recreo duraba solo media hora.

 

Pescábamos en el arroyo que regaba las huertas. Cangrejos de río y barbos pequeñitos que después introducíamos en botellas llenas de agua. Entre las piedras y los agujeros de los ladrillos que reposaban en un cauce de apenas un palmo vivían ranas, crustáceos y peces que convertían nuestros ratos libres en una aventura. Cuando llegaba el buen tiempo, con las sandalias de plástico, aquellas que usábamos para protegernos de las piedras y el barro del estanque acotado que servía de piscina, nos metíamos entre la vegetación del arroyo, las zarzas, los juncos y los hierbajos, buscando cualquier bicho distraído que nos entretuviera. Un palo con un hilo común y un anzuelo eran suficiente para que al final de la tarde cuatro o cinco ejemplares vivieran sus últimos días en el interior del envase de vidrio.

 

Es curioso: no recuerdo apenas nada de las clases, salvo las de música y la vez que me pusieron por primera vez una guitarra en la mano. Hoy, con el paso de los años compruebo que la memoria es selectiva y las referencias negativas han pasado a un segundo plano convirtiéndose simplemente en sombras que sirvieron también para aprender pero que se diluyen como una imagen fuera de foco. Hoy paseo cada vez que puedo entre las piedras del claustro y me doy cuenta de que el decorado que albergaba mis juegos era una obra maestra del plateresco del siglo VXI y que los pasillos en los que íbamos y veníamos en fila con el frío de las mañanas de invierno tienen seiscientos años más de antigüedad. Hoy disfruto de una tarde sentado en la terraza junto a lo que fuera el frontón y charlo con mi amigo y hermano José Antonio Perrino, a quien recuerdo como el inquieto niño flaco de pelo rojo con quien jugaba en las horas de recreo en aquel enclave justo en la mitad del Camino de Santiago. El tiempo ha pasado pero para ese recinto es apenas un suspiro en su historia. Las piedras siguen siendo testigo mudo de la vida y del correr inexorable de los años. 

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