Silueta alberto arija original

Arija Station

Alberto Arija

MAR DULCE. RÍO ANCHO.

Cuando en 1501 Américo Vespucio se lo encontró decidió llamarlo Río Jordán. Unos años después, en 1516, Juan Díaz de Solís, que se adentró en él buscando un paso hacia Oriente, le cambio el nombre y buscó otro que a mi modo de ver se asemeja más a la impresión que causa a los ojos de un europeo acostumbrado a cauces más pequeños, a distancias más cortas: Mar Dulce. Y veinte años más tarde Pedro de Mendoza fundaba la ciudad de Santa María de Buenos Aires, en la desembocadura del Rio de la Plata, el lugar donde hoy vuelvo los ojos buscando, como diría Drexler, una luz al otro lado del río.

Cuando crucé el Río de la Plata por primera vez, desde Buenos Aires a Colonia del Sacramento, en tierras Uruguayas, me explicaron que lo que iba a transitar en el ferry no era un mar, sino la suma de los ríos Uruguay y Paraná, que bajan desde el Amazonas y que la gran masa de agua que se abría ante mis ojos hasta el infinito era dulce, no salada. Observar el río es darte cuenta de que en este lado del mundo las cosas son más grandes, más caudalosas, más intensas, más anchas… más vivas. El Ferry me mostró imágenes de la ciudad imposibles de divisar desde otro lugar, el agua rodeándolo todo, conteniéndolo todo y frente a mi, en la orilla, una ciudad que quiere ser Manhattan.

 

El Río de la Plata es la frontera entre Argentina y Uruguay, la línea líquida que separa dos países hermanos que a veces se pelean como tales. El lugar por donde América del Sur se deja penetrar por el viajero ávido que quiere aventurarse en la belleza del paisaje más al norte, más al interior. Este río sabe de piratas tanto como cualquiera de los siete mares. Dicen que un sobrino de uno de los más famosos, Francis Drake, fue atrapado aquí, en la orilla de Buenos Aires, para ser juzgado posteriormente en Lima por las autoridades españolas. Desde entonces, el lecho de este río atesora no solo historia: también barcos hundidos, parece ser que cerca de doscientos cincuenta.

 

Luego supe que la ciudad de Buenos Aires se desarrolló de espaldas al río. Me llamó la atención que los edificios no se construyeran con grandes miradores desde los que contemplar su oleaje. Buenos Aires se levantó mirando hacia el otro lado y me contaron que los emigrantes, al llegar en los barcos a través de la desembocadura del río, no querían volver a ver el sitio por el que entraron entre lágrimas y por donde sabían que no regresarían jamás al lugar donde nacieron. Por ello prefirieron mirar para otro lado, hacia lo que representaba el futuro esperanzador y no el pasado amargo. De noche, desde las terrazas de los edificios altos se intuyen las luces de la otra orilla. El agua es testigo mudo de la vida de una ciudad que apenas lo mira, como una mujer orgullosa que ignora al enamorado que todos los días llama a la reja de su ventana para declararle su amor.

 

No es un mar, es un río. Pero a mi me parece que a veces en el aire llega el aroma de la sal que yo identifico inmediatamente cuando llego a los mares que conozco...

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