Silueta alberto arija original

Arija Station

Alberto Arija

LUGARES COMUNES

Vuelvo a cruzar el océano. O, para ser exactos, sobrevolarlo. En este vaivén sobre el Atlántico de alguna manera las distancias se acortan y las horas de vuelo parecen más cortas. Es como si, a base de repetir las mismas cosas, los seres humanos procesamos rutinas y nos adaptamos de manera que las circunstancias se nos hacen más llevaderas. Las doce horas que separan Buenos Aires de Madrid metido en un pájaro de metal del tamaño de un dinosaurio que hace que te cuestiones siempre cómo es posible que “eso” se eleve en el aire y (lo que es más inquietante) cómo puede mantenerse a diez kilómetros sobre el suelo tanto tiempo sin caerse. Un par de películas (o tres), algunas páginas de lectura y un rato (lo que viene a durar la batería de mi portátil) convierten el trayecto en un rato. Pero lo que siempre me llama la atención por lo variopinto del paisaje humano, por el ambiente frío a pesar de ser un lugar de llegadas y despedidas, son los aeropuertos. Las catedrales modernas en las que todo es expectativa: por lo que puede ocurrir al llegar o al salir de viaje.

Desde la cafetería en la que tomo un café con medialunas (tres, aunque no debería pasar de una) me divierto realizando una de mis aficiones: la observación del comportamiento humano en cualquier circunstancia, en este caso los aeropuertos. Delante de mí, a unos veinte metros, unas quince personas abrazan por riguroso turno a alguien que se va y cuando han terminado ese rito dan palmas entonando una canción que nadie entiende y que debe tener un significado desde luego importante para ellos. Eso hace que sean los únicos que no se den cuenta de lo ridículo que resulta ver a más de una docena de adultos cantando una cancioncita y dando palmas mientras la persona a quien dirigen su canto mira sin saber muy bien qué debe hacer en el ratito que dura la entonación. El lugar es frío construido con estructuras metálicas pintadas de blanco y mucho cristal, lo que aporta luz a la gran nave en la que cientos de personas hacen fila delate de las diferentes ventanillas de embarque.

 

El lugar donde me senté a tomar café, en una cafetería completamente vacía es de esos diseñados por compartimentos para cuatro personas. La capacidad será como para más de cien. Un pareja con un niño de unos cuatro años ha venido a sentarse en la contigua, como si no hubiera lugar en todo el espacio vacío del recinto. Y tengo al niño justo detrás de mi nuca jugando con un muñeco, un batman de plástico y emitiendo ruidos de tal magnitud como solo pueden salir de la garganta y los pulmones de un niño de cuatro años empeñado en que yo odie profundamente la capacidad reproductora del ser humano. Los padres hablan sobre no sé qué partido de futbol y el “nene” está a punto de que me dé algo serio y saque el monstruo que llevo dentro. Es parte del juego. Los lugares comunes, a los que accede tanta gente también están abiertos a aquellos para los que la convivencia se basa en que otros aguanten nuestras propias deficiencias en lugar de tener tacto y mandar callar al niño o sentarse al otro extremo de la cafetería. La empatía no es el rasgo característico de la mayoría.

 

Gente que va y viene para pasar por la puerta en la que los sentimientos afloran porque los que despiden se separan de los que viajan, ese sitio en el que alguien con cara de nada mira tu billete y tu pasaporte sin mirarte a la cara. Siempre me he preguntado por qué miran el documento si no comprueban si eres el mismo que sale en la foto… Gente que va, que se abraza, que espera. Una tripulación se acerca con sus maletas de ruedas, todos vestidos de azul azafata (el azul azafata terminó siendo un color que todos reconocemos, incluido en el pantone) y esa expresión a caballo entre la importancia (barbilla levantada, conversación entre ellos sin mirarse), ellas con sus faldas tubo y sus pañuelos en el cuello, tocadas con un sombrerito que no sé si obedece a que están monas así o tiene algo que ver con los gorros de cocinero que impiden que el pelo caiga sobre la sopa y ellos con ese traje con unos botones que ya no existen.

 

Julia Roberts lo mira todo con su enorme sonrisa desde los carteles gigantes repartidos por toda la estancia, anunciando un perfume y con el pelo al viento. La hora de embarcar se va acercando, así que mejor será que busque la puerta correspondiente. Siempre hay que recorrer grandes distancias en esta espera de horas antes de que el avión tome carrera para iniciar un salto que más de diez mil kilómetros.

 

Allá voy.

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