Silueta alberto arija original

Arija Station

Alberto Arija

LA VIDA ES UN VIAJE SOLO DE IDA

Ya lo dijo el cantor: "cambia lo superficial, cambia también lo profundo, cambia el modo de pensar, cambia todo en este mundo, pero no cambia mi amor por más lejos que me encuentre, ni el recuerdo ni el dolor de mi pueblo y de mi gente. Y lo que cambió ayer tendrá que cambiar mañana, así como cambio yo en esta tierra lejana".

 

Todo cambia. Todo es provisional, incluso la vida misma. Por tanto, teniendo en cuenta que el viaje es efímero y no va a ninguna parte, lo que importa realmente es el mientras tanto. Yo decidí, el 16 de junio de 2007 que en esta vida haría lo que realmente me pidiera el cuerpo porque no hay otra y porque solo se vive una vez.

 

Hoy estoy en Buenos Aires. No sé dónde me llevará el viento mañana. Mientras tanto en este rincón que me brinda Tribuna dejaré la mirada, los lugares, los sentimientos, las cosas que vayan llegando a mi Estación particular.

 

Cambiar es estar vivo...

A veces la ciudad me sorprende de noche en un lugar en el que ignoro dónde estoy ni cómo regresar a casa. Camino entonces dos o tres cuadras sin un rumbo concreto, tratando de encontrar una referencia que me diga cómo volver al punto de partida y me doy cuenta que lo que llamo “mi casa” está en el otro extremo del mundo. Cuando eso ocurre me invade el desasosiego. Es como la primera vez que, a los siete años y con mi padre, de noche, recorría las calles de Madrid llorando porque me parecía todo tan extraño y tan grande que solo le pedía regresar. Seguramente por eso al subir a un taxi que me lleve a un lugar conocido llevo conmigo el desasosiego y la certeza de que mi viaje es largo y que estoy muy lejos de mis referencias. Es entonces cuando realmente tomo conciencia de que he cambiado los horizontes conocidos por otros que trato de acoplar a mis retinas, a mi orientación emocional. Que soy un emigrante.

 

Emigrar es levantar tus raíces y acoplarlas en otro lugar. Por ello hay que estar dispuesto a soportar el dolor de pasearlas al aire hasta que una nueva tierra las alimente y desarrolle. Y solo el tiempo, la paciencia, la convicción y la suerte lo logran hasta que esa sensación de desorientación va desapareciendo poco a poco.

 

Soy un emigrante reciente. Cambié el silencio castellano por el ruido de Buenos Aires. La tranquilidad de una ciudad pequeña en el corazón de la Tierra de Campos por el desasosiego de un marasmo de gente que viene y va por un lugar que es la suma de varias ciudades. Intento sobrevivir al cambio del ritmo lento por la prisa compulsiva. Hago lo que puedo por comprender que es posible seguir adelante en medio de la falta de referencias concretas y de la seguridad que dejé para adentrarme en un territorio frágil e inseguro. Dejé el aire seco y ahora respiro la humedad. Antes miraba por la ventana y veía el campo. Ahora adivino un parque al final de la calle o cruzo grandes plazas con otros árboles, otros sonidos de pájaros que no se oyen allá donde yo partí. Me despiertan ruidos que nada tienen que ver con los que percibía en mi tierra. He dejado atrás los atardeceres en el Monte el Viejo para sentarme en la Plaza Vicente López y disfrutar el aroma de las flores de los puestos de venta o pasear en el Cementerio de la Recoleta. Dejé de caminar por la Calle Mayor para sortear el tráfico en la Av. Santa Fé y ya no voy a los quehaceres cotidianos caminando tranquilamente, sino que debo tomar el colectivo 37 o el 59, o la línea B del Subte, en medio de un conglomerado de razas, culturas, religiones y formas de vestir que me hacen sentir uno más en la gran paleta de colores con la que se pinta el mundo.

 

Buenos Aires es una dama caprichosa que te conquista con una sonrisa mientras guarda sigilosamente sus miserias. Camina con la lozanía de la mujer que se sabe hermosa y que sale a la calle despeinada porque su juventud compensa cualquier desaliño. Al pasear por sus veredas adivinas sin esfuerzo la galanía de un tiempo no demasiado lejano, que es como con la hermosura cuando los años le pasan por encima: se nota en la mirada y en la postura, aunque los años hayan hecho estragos en la estructura externa. Buenos Aires tiene un cielo azul diferente y las mañanas de domingos apetece pasear por sus plazas, amplias y verdes. Todo vale y todo puede hallarse entre el la masa multicolor y multicultural de gente que camina a tu lado por las avenidas. Todo puede pasar, nada es monotonía en una sociedad adolescente que se comporta con el vigor y el ímpetu de la juventud.

 

Cambiar. Acoplarse. Integrarse. Renovar. Reiniciar o, como se dice ahora, “resetearse”. Sentir la existencia desde una perspectiva nueva, por resumirlo. Son algunos de los conceptos que más te repites desde que llegas a un lugar para iniciar una nueva vida. Cambiar los hábitos para acoplarte al paso en un desfile diferente que entiende las cosas distinto al modo en que te las enseñaron en tu entorno. Y eso solo es la parte que tiene que ver con lo práctico, lo cotidiano, el “dos más uno tres”. Está también ese entramado interior construido a través de los años que se ha vuelto rígido con  el tiempo y al que hay que inyectar savia nueva que le devuelva la elasticidad perdida.

 

En medio de todo esto, y desde esta posición en el mundo que la vida me ha dado la oportunidad de tener trataré de retratar las imagenes exteriores e interiores que pasen por la Estación Arija, mi estación particular. Esa a la que os agradeceré que os asoméis si lo consideráis así y en la que, por supuesto, estimaré en alta consideración vuestras aportaciones y comentarios.

 

 

Comentarios

Deja tu comentario

Si lo deseas puedes dejar un comentario: