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Arija Station

Alberto Arija

LA PLAZA DONDE LOS NIÑOS JUEGAN Y LOS ÁRBOLES LLORAN

Te recordaré con el pelo iluminado por el sol después de la lluvia, al cruzar Paraná hacia el kiosco de flores. Ese lugar donde la primavera es eterna, donde la gente compra colorido para decir que ama o vestir la casa de domingo. Sueles avanzar despacio por el camino entre el verde del pasto buscando un banco donde recobrar el aliento o quizás sentarte a contemplar cómo lloran las tipas, esos árboles esbeltos que en esta época, plagados de color violeta, se emocionan con la llegada de su esplendor. La gente se sienta sobre el césped a tomar el mate o a cerrar los ojos para darse un respiro y los niños juegan llenando el ambiente de sonidos que indican que la vida se sigue abriendo paso. Es la Plaza Vicente López, un oasis en medio del ruido y de la prisa.

Agarrada a tus carpetas del trabajo se te divisa a lo lejos, sentada en el banco. Aquí se puede pisar la hierba sin pudor, disfrutarla, notar cómo huele recién cortada porque todos los días la limpian y la riegan, conservando siempre un aspecto envidiable. No había tenido la sensación de deleitarme con un parque, como lo llamamos en mi tierra, hasta que vine a Buenos Aires y comprobé cómo se puede uno tirar todo lo que es de largo sin que un guardia te llame la atención porque se estropea el césped… Atravieso la extensión verde para ir a buscarte y me doy cuenta de que, a uno y otro lado, la gente está feliz, comiendo de sus “tuppers” o compartiendo el mate mientras charla. Y me siento a tu lado en el banco a ver pasar la gente, que es el modo en que mejor medita uno sobre lo que somos: el niño jugando a la pelota, la pareja de viejos que se apoyan uno en otro camino de casa, o los adolescentes persiguiendo disimuladamente a las chicas de su edad cuando vuelven a casa del colegio. Todo ello se desarrolla bajo las copas de árboles de diferente altura, color y espesura. Las tipas, los jacarandás y algún ombú son los testigos silenciosos de las historias que pasan bajo sus ramas y nunca han desvelado sus secretos, aunque son muchos los años que llevan allí, junto a los edificios de las calles Paraná, Juncal, Arenales y Montevideo.

 

El sonido de tu voz me llega acompañando a la brisa que repara un día de tensión y de prisas. De esos difíciles que llegan uno detrás de otro en Buenos Aires. Me hablas de tus cosas mientras yo sueño con poder vivir en cualquiera de las casas que dan a ese espectáculo natural en medio de la urbe, lo que se llamó “El Hueco de las Cabecitas”, ese sitio de donde salía el material para hacer los ladrillos con los que se levantaron muchos de los edificios de la ciudad. Allí se dieron cita, antes de que terminara el siglo XVIII, duelos y combates, algunos de ellos, como no podía ser de otro modo, por el amor de alguna mujer.

 

Alzo la vista y miro el ombú que preside la plaza, alrededor del cual todo allí sucede y cuyas ramas aportan la frescura y la sombra a las tertulias de las tardes de verano. Contemplo su tronco y pienso  en lo difícil que debe ser mantener tanto tiempo el equilibrio, atendiendo a la vez el crecimiento de tantas ramas y me doy cuenta que los árboles pueden darnos lecciones de perseverancia.

 

La Plaza Vicente López es el sitio donde me gusta encontrarte porque tiene una belleza que combina con la tuya. Se diría que está hecho con la misma armonía. Un día, a pesar de que de noche está cerrado, me quedaré escondido para poder disfrutarlo furtivamente, en el silencio de la oscuridad, en ese momento en que los pájaros no cantan y todo duerme en la plaza, para poder sentir cómo es despertar allí, del mismo modo que despierto contigo.

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