Silueta alberto arija original

Arija Station

Alberto Arija

LA GURISA DEL PARANÁ

Cumplir años es avanzar en el trayecto mirando a los lados para disfrutar del paisaje y lo que ocurre alrededor, dando importancia solo a las cosas que realmente la tienen y aprendiendo a relativizar todo aquello que es superfluo, fungible, intrascendente.

Cumplir años. Mirarnos en el espejo buscando las marcas que el tiempo deja en nuestro rostro. Bucear en nuestra memoria recordando las escenas de nuestro recorrido particular con los ojos entornados y el gesto ausente porque mentalmente repasamos nuestro álbum de fotos íntimo, ese que no se exhibe más que en nuestro cerebro y nuestro corazón. Recordar aquellos que nos han ido dejando, las caras familiares en la cocina de casa cuando apenas llegábamos al fogón y lo mirábamos todo desde abajo. Volver a sentir las manos de los abuelos guiándonos por la calle o su voz contándonos los cuentos para dormir que aún recordamos y les transmitimos a nuestros hijos. Emocionarse al sentir el amor o el desamor. Aprender de los errores y celebrar los aciertos. Contemplar lo que el tiempo hace en nosotros con la madurez y la perspectiva que da la experiencia. Darse cuenta de nuestra finitud con la serenidad de quien acepta el trato con la vida como un regalo recibido, sin nada que reclamarle.

La chica de la sonrisa luminosa, la novia del río Paraná, la gurisa de mirada tímida, la mujer con alma de arena ha llegado a los cincuenta. Si, como dijo el cantor, veinte años no es nada, cincuenta son apenas un suspiro en el que el tren no ha recorrido más que el trecho que va de la estación de salida a la mitad del trayecto, el tiempo justo como para mirar hacia atrás y atisbar aún el paisaje de la niñez pero también hacia adelante proyectando un camino largo en el que uno aún puede reinventarse. La rubia que dejó la orilla del río para irse a Santa Fe y que llegó a Buenos Aires a instalarse en La Recoleta ha ido dejando el pantalón corto de  la niña del campo, aquella que trepaba a los árboles con las rodillas heridas para cruzar la Av. Callao con los tacos imposibles, con esa fluidez al caminar que detiene el tráfico. Ya no pasea por la Costanera Paisandú, ni se sienta en un banco de la Plaza Francisco Ramírez, sino que su paisaje se ha vuelto más amplio y situándose a ambos lados del Atlántico.

La niña rubia que trepaba los árboles, la que comía membrillos en el campo, aquella que corría por entre los sembrados en las tardes de verano, ha llegado hasta aquí y puede mirar a los ojos con la misma inocencia de entonces. La muchacha que se sentaba en el bordillo de la acera ahora se levanta a diario cuando amanece y mueve el mecanismo que mantiene en marcha el reloj de su vida, en una batalla que le ha proporcionado algunas veces heridas y otras grandes victorias. La niña que jugaba en el colegio Justo José de Urquiza mantiene la inocencia y la sencillez que solo enarbola esa chica que lo único que quiere es poder mirar tranquila al corazón de la gente.

El correr de los años deja heridas que a veces son difíciles de ocultar y que dejan la marca de cicatrices que no se van. El espejo, a pesar de lo que parece, puede ser un aliado para saber dónde estamos. Solo hay que permitir que la imagen que vemos nos mire a los ojos para saber cómo nos sentimos ante su mirada.

Cumplir años. Que la vida le permita sentarse en la puerta de la casa y conversar compartiendo mate y risas, mientras siente la brisa cálida del final de la tarde y la voz de Rod llega desde el living…

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