Silueta alberto arija original

Arija Station

Alberto Arija

LA BAILARINA DE LA SONRISA Y LA MIRADA SERENA

La felicidad son flashes de luz en un túnel. Ayer tuve uno. Desde un lugar en el patio de butacas de un teatro y mirando al escenario he visto cómo mi hija pequeña, Alejandra, de repente ha crecido y se convierte poco a poco en lo que puede ser en un futuro cercano una mujer con una personalidad y un mundo propio apasionantes. Hace tiempo que vengo pensando que la vida, el lapso de tiempo que va desde que abrimos los ojos hasta que nos los cierran, nos permite la posibilidad de hacer cuatro o cinco cosas importantes, apenas unas pocas. Pues bien: soy un hombre con suerte. Me iré de este mundo dejando en él dos mujeres valientes. Con la mayor ya hablé a través de una carta en el buzón de esta Estación. Hoy le escribo a la menor, la bailarina de la sonrisa y la mirada serena.

Seguramente te convertirás en la escritora que quieres ser. Y no solo por mérito de cómo cuentes las cosas, ni porque tengas mil historias en la cabeza que adornarán las tardes de mucha gente que va a disfrutar mientras te lee. Es muy probable que llegues a conseguir tu sueño porque tienes la voluntad de un náufrago empeñado en volver a tierra firme. Siempre admiré tu tesón y que no dejas jamás nada por hacer cuando asumes un compromiso. Siempre he confiado en tu honradez que, a punto de cumplir trece años, es uno de los rasgos que te definen. Se supone que los padres estamos para enseñar a los hijos pero yo me sorprendo aprendiendo de ti cada vez que tenemos la ocasión de compartir juntos el tiempo y disfrutar de las cosas que nos unen: el cine y la escritura, el Ponte Vecchio y las pizzas de salchichas que entre los dos cocinamos entre risas y conversación en la cocina.

 

Ayer te veía bailar en el escenario. Lo he disfrutado desde mucho antes de que salieras a flotar entre las luces, compartiendo contigo la ilusión por tus zapatillas nuevas, las puntas, y preparándote durante todo el día para tu actuación. Tu ilusión, tus nervios, han sido míos también. He pensado en el trabajo que hay detrás de cada evolución, cada giro. Las tardes de frío y lluvia en las que has acudido a clase y las veces que te he preguntado:

 

-          Qué tal?

-          Bien. Tengo agujetas.

-          Te duelen los pies?

-          Si

-          Mucho?

-          Bueno… es así.

 

Te he acompañado muchas tardes a lo largo de estos años, después de tu jornada de clases, con tu mochila a la espalda y te he ayudado a vestirte de bailarina: las mallas, las zapatillas… con esa liturgia particular que por encima de todo te ha aportado la disciplina necesaria para no ceder ante los inconvenientes.

 

Has crecido. Discúlpame si a veces no me doy cuenta. Para nosotros es complicado percibir cómo el tiempo pasa rápido porque en el fondo nos gustaría congelarlo. Pero hoy, cuando levantabas la barbilla y movías los brazos en tu danza me di cuenta que tu época de niña está pasando y que viene un tiempo nuevo de planes e ilusiones.

 

Camina despacio y mirando a los lados. No se te olvide nunca que lo importante es lo que viene porque lo que pasó ya no existe. Trabaja con entusiasmo y piensa siempre que el mundo es muchísimo más grande y más amplio que lo que el horizonte nos deja ver. Jamás te quedes con la primera versión de las cosas busca las otras versiones, las otras opiniones, las otras formas de vivir porque en la suma de todas puede estar lo que necesitas. No tengas miedo a equivocarte porque se aprende más cuando las cosas salen mal que cuando salen bien. Disfruta cada cosa que merezca celebrarse por pequeña que sea y encuentra siempre un minuto para decir “te quiero”. Y, por lo que más quieras… no dejes que nada te borre esa sonrisa que hace que todo se ilumine ni la mirada serena con la que contemplas las cosas.

 

Ambas, tu sonrisa y tu mirada serena, son dos de las razones por las que siento el inmenso orgullo de ser tu padre.

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