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Alberto Arija

JUAN RABUFFI, SAN MARTIN, CASTILLA Y BOULOGNE SUR MER

De Castilla (Buenos Aires) salió el Granadero Juan Rabuffi a principios de septiembre de 1909. Y no volvió vivo. Iba a Francia, junto con su Compañía formada por 120 soldados, a homenajear al General D. José Francisco de San Martín, que había fallecido cincuenta y nueve años antes en Boulogne sur Mer. La comunidad francesa decidió erigirle un monumento y desde la capital argentina partió un barco cargado con soldados y caballos que tardaron un mes en cruzar el Atlántico. Juan Rabuffi, que tenía una afección pulmonar, decidió ocultarlo para no perderse tal evento y en cuanto terminó el desfile a caballo sus compañeros tuvieron que ingresarle en un hospital. Todos se volvieron para Buenos Aires salvo él, que se reintegraría a su Compañía una vez curado, pero Juan Rabuffi murió unos días después.

El cura que lo enterró escribió una sentida carta a los padres del soldado argentino, que residían en Castilla, partido de Chacabuco, provincia de Buenos Aires. Les contaba cómo su hijo había fallecido confortado por un compañero de hospital, un soldado francés de apellido Pollet, que había sido un hermano para él en sus últimos días. También les relataba los homenajes que el pueblo de la costa francesa había ofrecido y que,  motivados por el sentimiento de amistad que había nacido entre las dos colectividades a través de los soldados hospitalizados, habían vuelto a montar todo el operativo para las exequias del soldado desconocido, en la que no faltaron de nuevo los discursos de las autoridades argentinas y francesas, incluso la repetición de un desfile de tropas en su honor. La Comunidad de Boulogne sur Mer decidió otorgarle a perpetuidad una parcela en el Cementerio para que sus restos descansaran allí hasta el día del Juicio Final.

 

Y pasaron otros cincuenta y nueve años.

 

De la Compañía de Juan Rabuffi sólo quedaban cinco ancianos de más de ochenta años, que no habían olvidado a su compañero y que, sabiendo cercana la muerte y que tenían una deuda con su amigo, se lanzaron a la azarosa aventura de conseguir su repatriación. El 31 de enero de 1968, la Fragata ARA Libertad llegaba al Puerto de Buenos Aires con los restos de Rabuffi, a quien se le instaló una capilla ardiente en el dormitorio de tropa donde había dormido cuando era soldado. Después, se le condujo a la localidad de Castilla, donde fue recibido por los lugareños. Sus cinco viejos amigos murieron poco tiempo después y la historia se sumió en el olvido.

 

Al menos otros treinta y cinco años más…

 

Porque cuando se cumplió ese tiempo desde la llegada de Juan Rabuffi a Buenos Aires, se creó la Asociación de Granaderos Reservistas de la República Argentina, a la que comenzaron a llegar veteranos de todas las edades y alguien evocó aquella historia olvidada sobre la que, curiosamente, no existía ningún registro e incluso quienes la relataban dudaban al pronunciar el apellido de su protagonista. Pero comenzaron a aparecer testimonios, algún archivo periodístico, e incluso un pedazo de un periódico francés de 1909 y sobre todo, una anciana cuyo nombre era Hermina Rabuffi, quien había guardado durante toda su vida en un armario dos pañuelos de bolsillo bordados con las iniciales de la novia de Juan Rabuffi, que había quedado en Castilla tras la marcha de su amado. Los tesoros, prueba de un amor que duró una vida, se exhiben hoy en la Asociación de Granaderos Reservistas.

 

Castilla cuenta actualmente con 689 habitantes y se levanta junto a la Estación de Ferrocarril que le dio origen. Solo una de sus calles, la central, está pavimentada. El resto, son de tierra. Su estética es la de la Argentina del interior y el silencio habitual frena el tiempo. Una de sus calles lleva el nombre de aquel soldado que protagonizó una maravillosa historia de amistad.

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