Silueta alberto arija original

Arija Station

Alberto Arija

EL POETA DE LA BARRA

He vuelto a Palencia por veinte días. Amo esta ciudad aunque con ella tenga una relación contradictoria a veces. Quienes me conocen en uno y otro lado del Atlántico saben que hablo de ella con el brillo en la mirada de quien siente orgullo por su tierra, pero eso no excluye la objetividad de quien observa con perspectiva. Nací aquí cerca… apenas a unos metros de donde estoy sentado ahora, cruzando el parque. Y he vivido más de cincuenta años aquí, escuchando frases tan agudas y llenas de optimismo como “esto no es para Palencia” cada vez que algún proyecto innovador o que se sale de lo “políticamente correcto” tiene pretensiones de modificar algunas cosas en la plana vida de estos agradables vecinos. Y en este caso no hablo de los políticos a los que no se les puede echar la culpa de todo, sino de la gente común, la que cotidianamente tiene la capacidad de hacer o no atractiva la estancia de foráneos que se dejen el dinerito en los negocios, la que camina a diario en las calles estrechas y cada vez más silenciosas de este pequeño núcleo donde mucha gente simplemente se sienta a contar otoños hasta llegar al último entre suspiros a la voz de “tendrá que ser así…”. En las ciudades pequeñas a veces falta visión desde la altura, esa atalaya que te permite ver más allá, más lejos, al otro lado de las paredes de la pequeña habitación en la que moras… Por eso las ciudades pequeñas no cambian y se quedan colgadas en el tiempo. Puede ser una magnífica elección para jubilados, gente sin ganas de emociones fuertes, o para aquellos que desean una vida en la que nada pase, nada cambie, nada disturbe la paz que gozan, es posible. Pero también es cierto que eso hace que la evolución no se produzca, las cosas queden obsoletas y se termine estando al final de la cola para todo. Porque todo lo que no evoluciona, involuciona. Miro alrededor y toda la gente que va entrando a tomar un café tiene más de sesenta años y si me pongo a contar de una manera precisa, la mitad rebasa los setenta y cinco.

La cafetería del Parque de El Salón de Palencia estaba desierta. Solo en la terraza, algunos domingueros disfrutaban del sol primaveral de las seis de la tarde, mortecino ya, porque los días aún no son largos. A unos pasos, unos pocos niños juegan en el recinto habilitado para ellos con columpios, toboganes y balancines y los árboles adquieren tonos verdes y rojizos mientras el suelo se pinta de los colores de los rosales y las aromáticas. La gente sale a esta hora después de una larga sobremesa de comida familiar de domingo a estirar las piernas y desperezar el sueño que produce una comida copiosa y se sienta a veces a tomar un café entre aromas de conífera y romero. Pero en el amplísimo local plagado de mesas y con paredes de cristal que permiten la entrada de la luz y una agradable visión del parque no había nadie cuando entré. Muy atenta, la camarera me preguntó qué deseaba tomar y le dije que, además de una coca light, buscaba una mesa al lado de una toma de corriente, donde poder conectar mi portátil y escribir estas líneas. No estaba segura, así que le preguntó al dueño o al encargado, un hombre malencarado que, desde su jersey de pico (como los odio) azul por el que asomaba una camisa de esas de cuadros imposibles, me preguntó:

 

-          ¿Para qué es?

-          Para conectar un portátil…

-          Si es para cargar un teléfono, o algo de emergencia, bueno, pero para cualquier otra cosa, no dejamos toda la tarde, ya le aviso…

-          No, no… pretendo trabajar un rato mientras tomo algo… nada que consuma la corriente de un acelerador de partículas…

-          Ya le digo… ahí tiene uno (señalando con la mirada una esquina, junto a una de las amplias vidrieras por las que se adivina la Huerta de Guadián), el de esa lámpara que ahora está desconectada… pero si es para un rato, claro…

 

Bien, le dije. Mi primera intención fue salir por el mismo lugar que entré y no volver a pisar por allí nunca, pero recordé que dos horas más tarde mi hija pequeña iría a buscarme allí y ante un cambio que ella no supiera, decidí dejar lo de la ausencia infinita para más tarde. Me senté junto a la lámpara, al lado de la vitrina y cuando la camarera llegó con mi bebida, le dije:

 

-          Cuánto puede subir el recibo de la luz si conecto el portátil un par de horas?

-          La verdad… yo no sé…

-          Pongamos veinte céntimos, tratando de ser generosos…? Cincuenta ya en un alarde de enajenación mental y derrochando ya metidos en gastos?  Lo digo porque lo añadimos al precio de la cocacola y santas pascuas, teniendo en cuenta el día en el que estamos, claro…

-          Le pido disculpas… tiene usted toda la razón…

-          Y usted no tiene la culpa, señorita…

 

En las ciudades pequeñas, cuando te encuentras con gente así de ramplona, con esa miopía comercial, te explicas lo de que todo vaya a menos, la vida se muera poco a poco y que la gente se termine marchando… El especialista en ventas sigue ahí, al otro lado de la barra, sirviendo cervezas de grifo para los de la terraza, con un estilo inmejorable: nadie le pone mayor concentración ni técnica a la hora de apretar la mano sobre la manivela y bajar la palanca para que salga la bebida. Poesía pura aplicada a la hostelería menor. De vez en cuando me mira, como tratando de recordarme: “un rato… he dicho un rato…”. Yo, a pesar de que mi batería dura dos horas he conectado el cable al enchufe. Por joder. Y ahora me tomaré otra cocacola. La última en este sitio. Y no por nada, sino porque hay muchas otros lugares donde te sirven café y refrescos que no ponen impedimentos para enchufar un portátil y trabajar un rato mientras consumes en su local en lugar de en otro. Se entiende?

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