Silueta alberto arija original

Arija Station

Alberto Arija

EL MUNDO BAJO EL MUNDO

Cuando se construyeron las estaciones de Metro (Subte en Buenos Aires) de Pasco y Alberti en la Línea A un derrumbe provocó que varios obreros perdieran la vida. Finalmente dichos apeaderos fueron suspendidos parcialmente debido a la mala construcción, que no permitía el conveniente estacionamiento de las unidades de transporte. Hoy en día según en qué direcciones transites bajo tierra, el tren no se detiene en ellas. Sin embargo, hay quien dice que si tomas el último tren, a las 23.30 hs., al pasar por la estación de Pasco que quedó a medio construir, pueden verse a dos obreros con sus palas de trabajo y sentados, que te siguen con la mirada hasta que el tren desaparece por el túnel. También cuentan que en cualquiera de los viajes, si se apagan las luces del vagón puede verse a través de las ventanas a viajeros vestidos de época que esperan pacientemente sobre el andén la llegada de su tren.

 

A Iker Jiménez le encantaría…

La primera vez que bajé a las entrañas de Buenos Aires experimenté un dejá vu. Las estaciones del Subte me recordaban aquellas de Barcelona aún en los años ’70: túneles excavados bajo tierra y un alicatado blanco o multicolor en ocasiones que conducían a una galería mucho más amplia, por donde transitaban las unidades de pasajeros. Las dársenas en las que los viajeros esperábamos no eran como las de ahora, modernas y luminosas, sino que se percibía ese particular aroma propio de los lugares mal ventilados. Entonces conocí los vagones de madera, que me parecieron fascinantes, con las puertas que se abrían a mano y quedaban así aunque el tren se pusiera en marcha si no las cerrabas antes. El interior de los receptáculos, con asientos de listones de madera paralelos me pareció más propio de un set de rodaje de una película de época que una unidad de transporte moderno para una ciudad actual. Y sin embargo, reconozco que me gustaba bajar y encontrarme de nuevo en ese lugar que suponía para mí un flash back hermoso, bajo aquellas lámparas con tulipas y los detalles cálidos de la madera, imposibles de percibir hoy en el acero y la fibra de los actuales trenes.

 

El traqueteo del tren al avanzar por el dédalo de túneles bajo las calles de Buenos Aires era particularmente evocador. El crujido de la madera aportaba alma al viaje. Las anillas que colgaban del techo y que servían de asidero para no salir despedido hacia cualquier parte del vagón eran como aquellas a las que me agarraba de niño en la línea 1 del Metro de Madrid, cuando mi padre me llevó por primera vez a conocer la capital. Mientras viajaba me parecía ver a toda aquella gente que compartía mi trayecto vestidos de época o imaginaba cuántas citas se habían llevado a cabo entre aquellas paredes de madera o cuántos besos cómplices habrían sellado historias de amor en la semioscuridad de aquellos espacios iluminados por lámparas mortecinas… Cuántos deseos, cuántas ilusiones viajarían bajo tierra dentro de unos compartimentos tan peculiares…

 

Aún conocí los vagones de madera del Subte e Buenos Aires. Hace dos años fueron sustituidos por otros, más modernos, más iluminados, más fríos… más impersonales. Aunque algunas estaciones del Subterráneo de Buenos Aires continúan teniendo ese ambiente romántico y evocador, la modernización del transporte está haciendo que se parezcan a las de todos los lugares, de modo que bajo tierra ocurra lo mismo que sobre ella: que las ciudades se van pareciendo cada vez más unas a otras. Sin embargo aún sigue siendo interesante bajar y contemplar algunas, como “Plaza Miserere”, o “Perú” y repasar las leyendas suburbanas que la historia del Subte de Buenos Aires ha ido acumulando. Aún es posible contemplar verdaderas obras de arte en sus paredes y, si no se tiene demasiada prisa, observar los rostros tratando de imaginar la historia que hay detrás de cada uno de los compañeros de viaje.

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