Silueta alberto arija original

Arija Station

Alberto Arija

EL AIRE HUELE A CASTAÑAS ASADAS

El aire huele a castañas asadas y el frío seco me recuerda siempre a mi barrio, un conjunto de casas de doble planta, de ladrillo, construidas en los años cincuenta por la agrupación de trabajadores de la banca. En esa época las chimeneas llenaban la calle de humo y los cristales de las ventanas se “tomaban”, que es como en Palencia se define ese efecto producido por el calor del interior de las casas en contraste con el frío que hace imposible ver el exterior porque una película de vaho lo impide. El vidrio era el primer bastidor en el que pintamos monigotes con los dedos: “el seis y el cuatro, la cara de tu retrato…”. He vuelto a mi tierra a pasar unas semanas por navidad y año nuevo. Ahora es imposible pasear por sus rincones sin evocar un tiempo en el que todo iba más lento y parecía que siempre permaneceríamos así. Mi estación particular en las próximas etapas de este viaje personal es mi tierra o, para ser más exacto, mis recuerdos en ella y la sensación que me produce volver a recorrerla y pasar por los lugares en los que en otro tiempo jugábamos con la merienda en la mano.

Íbamos al colegio a San Bernabé, junto a la Catedral. Nos contemplaban ocho siglos, pero a nosotros lo único que nos interesaba de aquellos edificios de piedra era la leyenda del pasadizo secreto por el que Doña Urraca, la reina que ahora está allí enterrada, iba a finales del siglo XII desde sus aposentos en el colegio a la Seo palentina y tratábamos de encontrar una entrada por donde recorrer aquel pasaje. Teníamos cinco o seis años y cuando salíamos en las frías tardes de invierno nos colábamos a veces entre el gótico para bajar a la cripta que está bajo la catedral. Descender los peldaños de la escalinata era retroceder cuatrocientos años más de un golpe, para ir a parar al siglo VIII. Otras veces cruzábamos el puente romano de “puentecillas” para jugar al fútbol en El Sotillo, entre los árboles, aunque con quien más me gustaba ir allí, a ese paseo desarreglado junto al estrecho brazo del río Carrión que dejaba caer sus aguas por una compuerta, era con mi abuelo. Nos sentábamos en un banco de piedra y contemplábamos el agua mientras aquel viejo agricultor me contaba historias de la guerra de Marruecos y la batalla del Gurugú, en la que parece ser que él mismo había combatido. Luego volvíamos a casa por la orilla del río, a la que recuerdo cubierta de nieve en los días de enero.

 

La calle Mayor es la columna vertebral por la que pasa todo y de la que nada se escapa. Ahora, al volver, me gusta recorrerla despacio, sin prisa, recreándome en los detalles de ese lugar por el que todos paseamos los domingos cuando era lo que había que hacer, comiendo pipas y mirando de reojo al vendedor de barquillos. El espíritu de esa vía no ha cambiado apenas y el barquillero ha dado paso a las castañeras y los vendedores de buñuelos, pero la gente sigue en ese ir y venir interminable mientras llega la hora del cine en el Ortega o la hora de volver a casa a preparar la cena. Yo creo que desde aquellos años sesenta en los que íbamos con mis padres después de misa a comer calamares fritos con “mirinda” de naranja hasta ahora los únicos cambios perceptibles son el vestuario de la gente, que se ha vuelto más standard, más opaco, menos elegante.

 

La mañana de ayer domingo me di un largo paseo por la ciudad. Volví a la Huerta de Guadián, donde los árboles sirven de escolta a la pequeña iglesia románica que le da al parque ese toque tan particular. El aire huele a limpio, a sano. El frío seco a pesar del sol de invierno me despejó. Y pensé una vez más en que el entorno en el que vivimos nos influye de una manera decisiva en nuestro carácter, nuestra personalidad y la manera que tenemos de expresarnos. Ahora estoy en la orilla en la que lo concreto, lo básico y lo conciso es la norma, donde seguramente la vida ofrece a los ojos del observador un diagrama más plano, con menos aristas, pero donde también, como en cualquier parte del mundo, se desarrollan historias hermosas entre seres humanos que se mueven entre las intrincadas calles de una ciudad castellana.

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