Silueta alberto arija original

Arija Station

Alberto Arija

A PRUEBA DE HERNIAS

Me fui de vacaciones. Si. Estas últimas semanas he estado a caballo entre dos continentes. Con un pie en cada lado del Atlántico, lo que, dicho así, suena a tener unas hernias a prueba de bomba, pero esa es la cuestión: mi cabeza y mis sentimientos han estado ocupados en la constante adaptación a ganar y perder, a dejar y reencontrar. Por eso en el fondo nunca dejo de estar en ninguna parte ni termino de irme, porque no me gustan las despedidas. Castilla en invierno, Buenos Aires en verano. Todo a la vez, todo en unos pocos días.

El fin de año me pilló taciturno. La falta de gente querida a mi lado, la carencia de la piel que quiero rozar al cruzarme en el umbral de cualquier puerta de la casa hace que me sienta realmente solo. Y la obligatoriedad de estar contento porque una hoja del calendario se cae para siempre no me parece suficiente para modificar este rictus que con el tiempo se vuelve más austero, descreído y, por qué no decirlo, plano. Eso no significa que no sienta por dentro. Reconozco que la edad está haciendo que me dé espacio a las emociones, pero cada vez más internas, más personales.

 

Ahora que ya el 2015 tiene un mes de vida (nos hemos comido prácticamente el 10% del año y parece que ayer mismo devorábamos las uvas) vuelvo a la Estación para sentir que sigo mirando los paisajes interiores que me ofrece el viaje de la vida. Mi amiga Concha Santiago me invitó a dos cervezas estas navidades. En una de ellas llegábamos a la conclusión de que la vida es un viaje en tren. Y así lo creo. Un maravilloso viaje en el que se nos ofrecen dos posibilidades de llenarnos los ojos y el alma con lo que pasa: una a través de las cosas que la ventanilla de nuestro vagón nos brinda y otra mediante el contacto y el intercambio de ideas y de experiencias con los compañeros de asiento. Dormirse durante el trayecto es como pasar la vida encerrados en una habitación sin ventanas, esperando simplemente que llegue el día en que dejemos de respirar.

 

Dejé el frío de mi ciudad natal aún con los sonidos de la radio en directo, en Onda Cero, en compañía de mi buen amigo Julio César Izquierdo, las largas conversaciones de mi hermano adoptivo Máximo Hermano, el yantar y charlar en torno a las novelas de mi socio Abbé Nozal, con quien inicié estancia en Palencia en la presentación de su novela “Olvidé decirte que apagaras el horno”, los paseos calle Mayor arriba y abajo con Vicente Fernández Merino, los cafés con la “Saharaui Fashion” Anna Aparicio, la familiaridad de Los Rosier, un soplo de aire fresco que reconforta y te hace pensar que el ser humano aún es una especie interesante y, sobre todo el contacto con mis hijas, mi madre, mis hermanos. He vuelto al calor de mi ciudad de residencia, que se despierta con pereza de las vacaciones, que contemplo estos días sentado al anochecer en la Plaza, frente a la Basílica del Pilar, disfrutando de la mirada de unos ojos en los que me reconozco y con la voz de mi compañera que me relata las novedades de un país que vive convulso entre historias propias de película de suspense.

 

Cambié el pardo del campo en Carrión de los Condes por el verde de las Tipas urbanas de Buenos Aires, las “cencelladas” del amanecer castellano por el agobio propio de la humedad porteña. En pocos días he saboreado el cordero asado de mi tierra y el elaborado en “La Olla de Félix”, otra manera igual de interesante de entender este producto. Soy de ambos lados. Disfruto y padezco los dos con la misma actitud de aprendizaje y convencimiento de que todo es para bien, para seguir creciendo.

 

Hola de nuevo. La vida seguirá apareciendo con su magnífico colorido para compartirla con quien quiera llegarse a esta estación siempre de paso, pero siempre abierta.

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