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Amuletos contra el desastre

Laura Emily Roberts

Vencer al silencio

La mejor máquina eficaz es la que no hace ruido.

(Luis Martín-Santos, Tiempo de silencio)

Leí Tiempo de silencio a los 17 años. Fue uno de los primeros libros que subrayé (casi entero, a lápiz). Un libro sobre ratones cancerígenos; ¿por qué habría de interesarme a mí un libro sobre ratones cancerígenos? Aún no vivía en la ciudad, pero, como el protagonista, estaba deseosa por marcharme y vivir allí. Aún era ingenua, y, como el protagonista no imaginaba lo que significaba vivir allí. Aún no imaginaba los cinturones de pobreza que rodean la ciudad. Sí creía en las tertulias de intelectuales en los cafés. Sí creía que en la ciudad pasaban constantemente cosas maravillosas y sorprendentes que en la provincia no sucedían. No me creía la indiferencia galopante de los transeúntes. Creía en el amor como idea, pero no en la idea del amor. Ni otra cosa: no creía que en la ciudad existiera el qué dirán de las pequeñas ciudades de provincias. Como con todo, la ingenuidad se cura con experiencia. En la ciudad también existen los qué dirán, pero están más camuflados en pequeñas sociedades: instituciones, familias, grupos de amigos, vecindarios, que acaban convirtiéndose en provincias o siendo incluso aún más asfixiantes. Bien es cierto que en la ciudad puedes tomar el metro y nadie te reconocerá en la siguiente parada. Pero al final tienes que volver a casa: al hogar, al trabajo, al lugar de estudios: y allí sí eres uno; eres quien dictan los demás. Sobre todo en esa época retratada con tanto acierto en el libro, en el que el silencio de uno se convierte en el silencio de todos, en el que nadie quiere romper el silencio, porque es más cómodo seguir así: siguiendo unas normas. Tiempo de silencio es un libro difícil, porque es un libro que se enfrenta a ese silencio desde dentro. Pero merece la pena para entender un poco mejor de dónde venimos y dónde estamos ahora. Que el ruido no sea en vano.

Comentarios

Jose 25/02/2013 22:58 #1
Yo vi la película de Aranda más o menos a la edad en la que leíste tú el libro; al día siguiente ya tenía la obra en mis manos. De las emociones que me produjo la lectura no he conservado ninguna sensación (mejor así, porque tú me las has devuelto de un modo magnético) , pero lo que sí que se me quedó grabado es el demoledor final y las subsiguientes palabras de Imanol Arias que, literalmente, me congelaron el alma. Es un gusto leerte, siempre.

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