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Amuletos contra el desastre

Laura Emily Roberts

Por qué escribir a los clásicos

Llevo ya casi dos meses escribiendo esta columna sobre libros clásicos, mis €œamuletos contra el desastre€. Desde clásicos de la antigua Grecia (Safo) hasta clásicos modernos del siglo veinte (Virginia Woolf) o clásicos mundialmente desconocidos (Shakespeare).

En un momento donde, a pesar de la situación económica, se publican cientos de miles de nuevos títulos en el panorama editorial nacional e internacional, donde hay tantas cosas nuevas de nuestro tiempo para leer, podríamos preguntarnos: Âżpor qué leer a los clásicos? Y sobre todo Âżpor qué escribir sobre ellos? ÂżO para ellos?

El canon: Se puede o no se puede estar de acuerdo con el canon. Con lo que es clásico y lo que no. Pero si ha perdurado tantos años, es por algo: precisamente porque la gente no se pone de acuerdo con lo que el libro quiere decir, porque provoca lecturas completamente distintas a lo largo del tiempo o del momento, provoca discusión, desacuerdos, enfados. Un clásico hace reír y llorar a la vez. Fijaos en Shakespeare: sus obras de teatro estaban destinadas a todas las audiencias, desde los campesinos que no habían podido recibir ninguna educación, hasta las partes del pueblo más educadas; las que sólo buscaban emoción o risas, pasar un buen rato o bien pensar en asuntos trascendentes.

Luego para criticar el canon, estar de acuerdo con él, o pretender cambiarlo, es necesario primero conocerlo, lo mismo que para discutir si un libro es un clásico o no. Harold Bloom y su canon de WASP (White Anglo-Saxon Protestan) pueden caernos bien o no, pero debido a que actualmente ocupan una posición de poder, para entrar en diálogo con ellos, hay que escuchar a la otra parte.

Por otro lado, el canon sólo se forma con el paso del tiempo; uno no puede predecir el canon de la literatura contemporánea€“€“lo que la hace, por otra parte, tan emocionante de leer (guiándose a ciegas o por prejuicios de mercado que después un clásico será capaz de trascender). Nadie hizo caso a los autores Románticos en su tiempo más que unos pocos, y sin embargo su ideario sigue siendo el paradigma de la creación contemporánea desde el siglo diecinueve.

Un clásico no suele definirse por su originalidad, sino por su complejidad. Shakespeare compuso sus obras bebiendo de otras muchas fuentes clásicas, adaptándolas o reinterpretándolas, y es eso lo que le hace ser, más que original, creativo, ya que la palabra original se deriva de origen, es decir, €œser origen€, y dado que nada se crea de la nada, eso es bastante difícil de conseguir, sobre todo tras tantos siglos de tradición: hasta la creación por oposición o negación tiene como origen ese algo a lo que se opone. (i.e.: Los Románticos nacieron como oposición al Realismo.)

Todo, desde lo personal hasta lo social y, por supuesto, lo literario, tiene una historia. Algo no es lo que es solamente por sí mismo y sus características esenciales e intrínsecas, sino además por todo lo que ha sucedido antes y ha hecho que sea como es ahora: las fuerzas de moldeo. El eterno debate entre educación y genética: Âżquién puede más? Y, sobre todo, Âżpor qué tienen que ser excluyentes entre sí y no complementarias?

La literatura está siempre inspirada en algo: vidas posibles, vidas imaginadas, vidas reales, y, por supuesto, en más literatura. Es decir, que cuanto mejor conozcamos a los clásicos, mejor podremos leer literatura contemporánea.

€œLos clásicos están manoseados, comentados hasta la saciedad, son aburridos, no puedo identificarme con ellos€Ś€ Son las excusas más típicas para no leer a los clásicos. Los clásicos dan miedo. Se ha dicho ya tanto sobre ellos, que creemos que no seremos capaces de aportar nada nuevo y que es mejor hablar sobre lo que todavía nadie ha dicho nada (de nuevo el factor de la originalidad como obsesión de nuestro tiempo). Sin embargo, un clásico, y cualquier libro que leamos, es para nosotros. Cada lector lee un libro diferente en el mismo texto, pues es al final el lector quien confecciona su propio texto y lo lleva a la vida. Un texto sólo existe cuando es leído y se habla de él. Y el texto que existe es ese concreto: el nuestro.

Si bien es importante conocer desde dónde nos habla el autor para entender el por qué del mensaje, es aún más importante conocer desde dónde lo estamos leyendo nosotros para entender por qué estamos infiriendo un determinado mensaje. Se tiende a decir que un clásico es universal: esto es porque se trata de un texto tan complejo que da lugar a lecturas distintas y personales. Un clásico (y la literatura) nos descubre cualidades de nosotros mismos que desconocíamos. No leemos a Shakespeare por saber quién era ni qué pensaba, sino para saber quiénes somos, y la prueba de ello es que Shakespeare es representado en distintas versiones en países orientales y occidentales de ideologías muy diversas.

También se leerán cosas distintas dependiendo no sólo de quiénes seamos, sino de para qué lo estamos leyendo. Un filólogo buscará algo distinto en un texto que, por ejemplo, alguien que lee por entretenimiento. Pero esto no significa que los clásicos estén al alcance de pocos: al contrario, sus distintos niveles de lectura €“que en muchas ocasiones se solapan€“ hacen que sean textos al alcance de todos, que se leerán de forma distinta dependiendo de la edad y el momento de la vida de esa persona. Los buenos libros hacen que cada relectura sea diferente; sea una lectura nueva.

Por último, la literatura no es un periódico. Ni un libro de historia. Ni de antropología, o sociología. Ni siquiera de filología. Un libro no es un buen libro porque refleje fielmente su tiempo. ÂżQué pasaría entonces con la novela histórica, o la fantasía? Aparte de la pulp fiction y best-sellers que nos pueden venir a la mente, la gran obra Julio César de Shakespeare puede considerarse un drama histórico: ya en los tiempos del bardo estaba desfasada. Y sin embargo, no hacía más que hablar de una preocupación política latente en su época y de sus posibles consecuencias. Y si la volviéramos a leer ahora, la relacionaríamos con nuestra época, porque lo que nos pasa en el ahora es siempre lo más importante. La riqueza de los clásicos es ser capaz de releerlos y conectar con ellos en cualquier momento, por consecuencias similares o distintas. Las noticias describen hechos. La literatura sólo es fiel a la verdad de los sentimientos. 

La literatura imagina. Concibe posibilidades. Es el único espacio donde no existen más límites que los del lenguaje. La literatura bebe de más literatura. Y nosotros bebemos literatura y producimos más literatura. Porque la literatura es diálogo y todos tenemos derecho a decir y obligación de escuchar. Por eso escribo a los clásicos, no sólo los leo. Porque es una forma de hacerlos míos, y de invitar a otros a compartir sus lecturas.

Para aferrarme a ellos como amuletos.

Ad infinitum.

(Quiero darle las gracias a Sara R. Gallardo por animarme a escribir este artículo)

Textos consultados:

Calvino, I. Por qué leer los clásicos. Barcelona: Tusquets, 1993.

Eagleton, T. Literary Theory: An Introduction. Oxford: Blackwell, 1986.

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