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Amuletos contra el desastre

Laura Emily Roberts

Lo más cercano a lo lejano

Papá había muerto, de la misma manera que no se ve el fondo del mar.

(Clarice Lispector, Cerca del corazón salvaje)

El espacio de Clarice Lispector es la palabra. Su hueco vetado. Su búnker. También su trampa para que nosotros caigamos. El espacio de Clarice Lispector es el espacio entre palabras. La decisión rápida que hay que tomar para no caer al precipicio. Decidirse por un lado u otro. Caer igualmente. Morir. O no morir, porque morir no es sentir sino interpretar. En el espacio de Clarice Lispector no hay hueco a las segundas partes, sólo a los silencios. A la respiración entre frase y frase, entre palabra y palabra. Un ritmo, o quizás otro cuando la lees traducida. Según el idioma. Según el traductor. Según el peso de las sílabas escogidas. Leer a Clarice Lispector es como leerse a uno mismo en una lengua, aunque la estés leyendo en la tuya propia. Porque ella es capaz de alcanzar ahí donde sólo escuchamos murmullo. Donde sólo escuchamos ruido. El cuerpo pesa. La sangre pesa. Las palabras pesan. El cuerpo es sordo y no quiere escuchar a la vida suave. El cuerpo pesa y quiere pesar para que la vida no sólo sea transitoria. No sólo sean intervalos. No sólo salas de espera. En Cerca del corazón salvaje, escrito cuando tan sólo contaba con diecinueve años, Lispector apenas susurra el lado más oscuro. El más denso. El más volátil. El miedo a la alegría. A la libertad.

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