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Amuletos contra el desastre

Laura Emily Roberts

La relación íntima entre lector y escritor

 

En el siglo XIX, Nietzsche mató a Dios. En el XX, Roland Barthes mató al autor. Según su teoría, no importa si lo que se dice lo cree el autor o no, si lo está diciendo él o sus personajes; una vez dicho, el discurso rompe con la connotación de origen, convirtiendo al texto en el sujeto (el texto dice, no el autor dice), de la misma manera que en la Edad Media no había tanto la noción de escritor como de escriba, o en muchas otras culturas el escritor es simplemente aquel con la herramienta para plasmar en palabras las mitologías de su sociedad. Es decir, el €œyo€ creador pasa a ser una mera herramienta de lo enunciado, que no es sino una expresión filtrada de otras obras, experiencias e historia. Autores como el poeta francés Mallarmé lo ratificaron diciendo que es el lenguaje quien habla, no el escritor; que escribir consiste en que el lenguaje se exprese. Es decir, el lenguaje por sí mismo adquiere una función preformativa €“ algo que luego se extenderá a otras artes como la pintura (Yves Klein), la escultura o incluso la performance: el método se convierte en sujeto.

Para Foucault, el autor es un concepto cultural, una creación en el imaginario colectivo, al que la obra termina matando y sobreviviendo. Sin embargo, Foucault también da pie a una idea presente en las teorías críticas de recepción actuales: la obra como categoría inestable, como punto de encuentro de discursos e infinitas interpretaciones. Así, el lector se convierte en sujeto: es el lector quien performa la obra. Sin lector, deja de haber obra; es más, el lector recibe la obra como un puzzle sin armar y reescribe la obra desde su interpretación, sus lecturas, sus experiencias: luego puede haber tantas obras como lectores. (De ahí que Barthes escriba que €œEl nacimiento del lector se paga con la muerte del autor€.)

No obstante, hoy en día y gracias a las nuevas tecnologías y en especial a las redes sociales, el escritor está más presente que nunca en la creación de la obra, al igual que el lector. Cuando los escritores €“según el concepto tradicional de escritor€“ escriben en sus blog o redes sociales, a menudo reciben la respuesta casi inmediata del lector. La escritura pasa así a ser un arte mucho más instantáneo y menos perdurable que antes; se convierte en una cadena de acción-reacción.

Así, la escritura del siglo XXI en la red pasa a parecerse mucho a un arte también reciente: la performance. Me refiero especialmente al caso de Marina Abramovic, donde el arte no llega a existir sin la presencia del €œautor€ (sujeto) y del €œlector€ (espectador), donde el último, a diferencia del teatro, se convierte también en sujeto. Así, el arte de la performance reside en la presencia, en el intercambio en ese momento entre creador-espectador y viceversa, en la lucha de poder por la autoridad y en la idea del arte como accción-reacción, siento el artista, en el sentido literal de la palabra, un provocador, ya que el espectador recibe también la capacidad de crear arte incitado por el autor.

De este modo, el texto se convierte en un espacio que crea una relación única entre sujeto y espectador, teniendo como elemento común el lenguaje en lugar de la presencia de la performance, y con un sentido temporal distinto. El texto se trata, así, no de un ejercicio de autoridad del autor sobre el lector (actuando como un dios o padre creador que somete a ese último), sino de un acto de seducción.

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